La historia nostálgica detrás de los nabateros del Sobrarbe y el amor por el río Cinca

La documentación sobre el tráfico maderero es abundante en algunos ríos como el Aragón
Nabateros en Tortosa 1910.
Nabateros en Tortosa 1910.

La historia de los nabateros del Sobrarbe es también la historia del río Cinca, de las montañas del Pirineo aragonés y del ingenio de los hombres que, durante siglos, aprendieron a convivir con su entorno y a aprovecharlo para sobrevivir. Hoy, lo que fue una dura profesión de subsistencia se ha transformado en un símbolo cultural y un espectáculo que revive, cada primavera, la memoria de un oficio desaparecido pero no olvidado.

Los términos nabata, navata, navade o navas son una misma realidad: plataformas flotantes de troncos atados, dirigidas mediante remos, que descendían por los ríos transportando madera. Derivadas del latín 'navis', estas palabras se usaban en el Alto y Bajo Cinca, al igual que 'almadía' en castellano o 'rai' en catalán. El uso de estas embarcaciones se remonta, probablemente, a la prehistoria y ha perdurado en los Pirineos desde tiempos del Imperio romano hasta bien entrado el siglo XX.

Las nabatas eran construidas ensamblando varios tramos de troncos, que se dirigían por el cauce con habilidad y esfuerzo, sorteando la corriente. El transporte fluvial de madera fue un pilar económico en las comarcas de montaña, especialmente durante los siglos XVIII y XIX, cuando la demanda maderera creció por el auge naval y constructivo. En el caso del río Cinca, en Sobrarbe, existen testimonios desde el siglo XIV que evidencian esta actividad.

La documentación sobre el tráfico maderero es abundante en algunos ríos como el Aragón, cuyo carácter interregional favoreció su registro. No ocurre lo mismo con el río Cinca, donde la evidencia es más dispersa. Sin embargo, el autor anónimo de los 'Veintiún libros de los Ingenios y de las Máquinas', atribuidos erróneamente al relojero Juanelo Turriano, ya mencionaba en el siglo XVI la importancia del "río Anca", claramente identificable como el Cinca, como vía nabatera destacada.

Durante siglos, los nabateros trasladaban los troncos desde los bosques hasta grandes centros comerciales, como Tortosa. Este duro trabajo exigía conocimiento del río, destreza física y una relación íntima con el entorno natural. Pueblos como Laspuña y Puyarruego vieron nacer generaciones de nabateros que aprendieron el oficio de sus mayores, sin apenas cambios en herramientas o técnicas.

El inicio del siglo XX trajo consigo la decadencia de este modo de transporte. Las grandes obras hidráulicas —presas, canales y centrales eléctricas— alteraron irremediablemente los cauces fluviales. El avance del transporte por carretera terminó por desplazar al fluvial. A pesar de un efímero resurgimiento tras la Guerra Civil, motivado por la escasez de combustibles y vehículos, el tráfico nabatero en el Cinca desapareció definitivamente en 1949. Así lo atestigua una anotación en el libro de cuentas del nabatero Mariano Pallaruelo: la venta de 65 metros cúbicos de madera a Tortosa, el 31 de julio de ese año, marca el último descenso comercial registrado.

Con el paso del tiempo, el recuerdo del oficio podría haber quedado sepultado. Sin embargo, en 1983, una iniciativa del Instituto Aragonés de Antropología propició la filmación de una película sobre las nabatas, recurriendo al conocimiento de antiguos nabateros. Se reconstruyeron dos embarcaciones que descendieron el Cinca entre Laspuña y Aínsa, reavivando una tradición que desde entonces se celebra cada primavera como una exhibición cultural.

Esta cita anual atrae a miles de personas que acuden a contemplar el descenso de las nabatas, no como un evento turístico cualquiera, sino como un homenaje a una forma de vida. Los descendientes de los antiguos nabateros y nuevas generaciones han convertido este espectáculo en un acto de memoria colectiva, donde el respeto por el río y la historia compartida se funden en una experiencia única.

Desde mediados de los años 80, los nabateros del Sobrarbe han participado en encuentros nacionales e internacionales, hermanándose con raiers catalanes y almadieros navarros, compartiendo técnicas, vivencias y sobre todo, una misma pasión: la de recordar y dignificar un oficio que, aunque desaparecido, sigue vivo en el corazón del Pirineo.

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