Opinión | ¿Es Lambán el mejor presidente de la historia de Aragón? Tres ideas y una duda
Hasta la fecha, y a falta de que termina el 'azconismo', quizá sea una pregunta a la que debamos buscar respuesta tras su pérdida. ¿Es Javier Lambán el mejor presidente de la historia de Aragón? La duda, formulada así, parece casi provocación en tiempos de trincheras. Pero quizá sea precisamente ahora, cuando ya no está entre nosotros, cuando mejor se ve el alcance –y los límites– de su figura política. Diré tres cosas a su favor, con bastante convicción. Y terminaré con una duda que no es menor.
Lambán ha sido, ante todo, un presidente aragonesista. No en el sentido de un nacionalismo periférico o excéntrico al uso, sino en algo más reconocible para la mayoría social: la defensa de Aragón como prioridad política real. Se le podrá acusar de mil cosas, pero no de haber dudado mucho cuando percibía que los intereses de Aragón se veían perjudicados por decisiones de su propio partido en Madrid.
Y eso, en un PSOE cada vez más presidenciocéntrico, no es un detalle menor. Criticó los pactos con el independentismo catalán, alzó la voz frente a concesiones que consideraba contrarias al equilibrio territorial y explicitó por escrito, negro sobre blanco, su discrepancia con Pedro Sánchez.
En un tiempo donde la disciplina de partido se confunde con obediencia ciega, Lambán encarnó la figura del barón que todavía entiende la política como representación de un territorio concreto. No es poca cosa en una comunidad que siempre ha vivido con la sensación de estar a medio camino de todo… y en el centro de nada.
¿Ha sido siempre coherente? No. ¿Ha votado a veces lo que luego criticaba en entrevistas? También. Pero en el balance general, ha sido un presidente que no tuvo miedo a decir, desde el PSOE, cosas que hoy suenan casi heréticas en el PSOE. Quizá de ahí venga su buena imagen pública a derecha e izquierda. Fue coherente, en mayor medida, con su forma de vivir en la vida y en la política.
La segunda idea es jurídica y, a la vez, profundamente política. En un país donde se ha trivializado la palabra “golpe” y se ha usado el BOE para forzar los bordes de la legalidad, Lambán mantuvo siempre una posición nítida en defensa del Estado de derecho, del Estatuto de Autonomía y de la Constitución.
No es un detalle técnico: es una posición moral y política en plena era del “todo vale si suma votos”. Mientras otros dirigentes socialistas miraban hacia otro lado ante reformas penales a medida del secesionismo o ante amnistías discutidas abiertamente por jueces y catedráticos, él siempre dijo en voz alta lo que muchos en privado piensan y callan.
En un contexto de rivalidades territoriales y secesionismos reciclados como “conflictos políticos”, Lambán reivindicó el marco Constitucional del 78 no como una nostalgia, sino como una garantía: la única que permite que un territorio como Aragón no acabe siendo moneda de cambio entre bloques que se disputan el poder mirando solo a Madrid, Barcelona o Bilbao.
Esa defensa, viniendo de un presidente socialista de una comunidad históricamente moderada, ha tenido un peso simbólico que va más allá de su mandato. Recordaba algo obvio, pero a menudo olvidado: que el autonomismo fuerte y el constitucionalismo firme no son incompatibles, sino precisamente lo que ha permitido que Aragón tenga voz propia.
La tercera idea tiene que ver con el tono y el lugar político que intentó siempre ocupar. Lambán, con sus luces y sus sombras, fue sido un buscador insistente del centro en una época en la que el negocio político parece estar en los extremos.
Gobernó con alianzas diversas, pactó con fuerzas muy alejadas entre sí e intentó colocar a Aragón en una posición de moderación razonable: ni laboratorio de radicalismos ni peón de aventuras recentralizadoras. En los discursos finales de su etapa se ha notado todavía más esa pulsión: pedir calma, rebajar adjetivos, recordar que los grandes consensos aragoneses se construyeron a base de ceder todos algo.
En tiempos de polarización máxima, eso es casi contracultural. Fue un presidente que, incluso cuando elevaba el tono contra Sánchez o contra los independentistas, lo hacía desde una cultura política de pactos y estatutos, no desde el insulto fácil ni la demolición del adversario. Y eso, en una comunidad donde el acuerdo transversal ha sido históricamente una seña de identidad, encaja bastante bien con lo que muchos aragoneses esperan de su presidente, sea del color que sea,
Hasta aquí, las tres ideas que sostienen la pregunta inicial. Ahora, la duda. Lambán ha construido, sobre todo en sus últimos años, un perfil moral y político muy potente: el del socialista que se atreve a decir “no” a su jefe cuando cree que se cruza una línea roja institucional o territorial. El del presidente que pone Aragón por delante de Ferraz. El del defensor del Estado de derecho frente a los atajos.
La duda es si ese legado tan reconocible se corresponde con una transformación de Aragón de la misma profundidad. Porque, si miramos más allá de los discursos, la comunidad arrastra problemas que ni él ni sus antecesores han logrado corregir: la demografía en caída, los desequilibrios entre Zaragoza y el resto del territorio, una sanidad tensionada, una dependencia excesiva de decisiones estatales para infraestructuras clave, una resistencia crónica a reformas de calado en educación, administración o fiscalidad.
Su aragonesismo fue firme en lo declarativo, muy visible en lo institucional… pero quizá menos audaz en lo reformista. No fue un presidente rupturista en la gestión: más bien un buen continuador, un cinturón de seguridad político en tiempos turbulentos. Defendió como pocos el marco; no está tan claro que haya aprovechado ese marco para cambiar de verdad las inercias de fondo.
En otras palabras: el Lambán que pasará a la historia puede que sea más el que plantó cara a su partido que el que cambió Aragón. Y ahí está la duda que cada uno deberá responder: si consideramos “el mejor presidente” a quien mejor ha representado cierta idea de Aragón y de España… o a quien más ha transformado la vida real de los aragoneses.
Esta última pregunta es aún un debe que se tiene. Y donde el actual presidente Jorge Azcón puede jugar un gran papel, tras la llegada de inversiones milmillonarias que transformarán la economía y estructura empresarial del sector tecnológico.
Eso sí, la historia, como siempre, tardará unos años en decantarse. De momento, lo indiscutible es que Lambán dejó un listón alto en algo escaso hoy: tener criterio propio, incluso cuando sale caro. Si eso le convierte en el mejor presidente de la historia de Aragón o en uno de los mejores, formará parte de un debate que, a diferencia de otros, sí merece la pena tener.



