Tiene 28 años, se llama Neré, y es el oso más viejo del Pirineo
En lo más profundo del valle de Arán, entre los frondosos hayedos y las abruptas pendientes del Pirineo, se mueve con sigilo un auténtico símbolo de la recuperación del oso pardo en la cordillera. Se llama Neré, y a sus 28 años ostenta el título de ser el ejemplar más longevo conocido del Pirineo. Su historia, marcada por el esfuerzo de conservación, el cruce entre linajes eslovenos y autóctonos, y una vitalidad que aún hoy sorprende a los expertos, continúa escribiéndose, aunque no exenta de preocupaciones.
El paso del tiempo no perdona ni siquiera a los grandes de la montaña. En 2024, unas imágenes obtenidas mediante cámaras de fototrampeo mostraron a Neré caminando con dificultad, visiblemente afectado por una lesión en su pata trasera izquierda. Su cojera era evidente, y el deterioro físico hizo saltar las alarmas entre técnicos y conservacionistas. La situación llegó a movilizar al Grupo de Trabajo del Oso en el Pirineo (formado por especialistas de administraciones de España y Francia) que decidió intensificar el seguimiento del animal ante la posibilidad de que su estado de salud siguiera empeorando.
EL VETERANO QUE SIGUE DANDO SORPRESAS EN LA MONTAÑA
Neré no es un oso cualquiera. Nació en el invierno de 1997, fruto de uno de los momentos clave en la historia de la reintroducción del oso pardo en los Pirineos. Su madre, Ziva, fue trasladada desde Eslovenia ya embarazada, y dio a luz poco después de su liberación en suelo pirenaico. A lo largo de su vida, Neré ha tenido un papel fundamental en el desarrollo de la población osera en la cordillera, tanto en su vertiente española como francesa.
Su legado se extiende más allá de los límites del valle de Arán. Fue pareja de Cannelle, la última hembra autóctona del Pirineo occidental, que fue abatida por un cazador en 2004. De su unión nació Canelito, un eslabón clave para el futuro genético de la especie. Pero la sorpresa más reciente se remonta a 2019, cuando se confirmó mediante análisis genéticos que, a pesar de su avanzada edad, Neré seguía siendo reproductivo. Fue padre de tres oseznos más, nacidos de dos camadas diferentes.
Aunque su salud plantea interrogantes, su linaje ha quedado asegurado y su influencia en el equilibrio de la especie es indiscutible. En el Béarn, territorio francés que en su día dominó como macho alfa, ha sido desplazado por un ejemplar más joven, Rodri, lo que podría explicar algunos enfrentamientos recientes.
CADA VEZ MÁS DIFÍCIL DE VER EN ARAGÓN
El peso de los años y las lesiones dificultan que Neré vuelva a recorrer largas distancias, como solía hacer en sus años de esplendor. Para regresar a Aragón, uno de sus antiguos dominios, tendría que superar desplazamientos de más de 100 kilómetros cruzando valles escarpados del Pirineo occidental. Una travesía exigente para cualquier oso, y más aún para uno que roza las tres décadas de vida.
Pese a ello, su rastro aún es detectado con relativa frecuencia, y no se descarta que siga aportando genes a las futuras generaciones de osos pirenaicos. Cada imagen que se obtiene de él es tratada como un tesoro por los equipos de conservación, conscientes de que se trata de una figura clave no solo desde el punto de vista biológico, sino también simbólico. Neré representa el éxito del complicado proyecto de recuperación del oso pardo en la cordillera.

