¿Brujería o folklore? La Tronca de Nadal, el rito pirenaico que vuelve cada Navidad
La tronca, también conocida como toza o tizón de Nadal, es una de las tradiciones navideñas más representativas del Alto Aragón y forma parte del patrimonio cultural inmaterial ligado a estas fechas. Su origen se asocia al folklore pirenaico, a creencias mágicas y mitológicas antiguas, así como a ritos relacionados con el solsticio de invierno y al simbolismo del árbol de Navidad. Aunque hoy en día su presencia es desigual según las zonas, durante siglos fue un elemento central de la celebración de la Nochebuena en numerosos hogares altoaragoneses.
El ritual de la tronca de Nadal consistía, en esencia, en reservar el tronco o pieza de leña de mayor tamaño para la noche de Navidad. Este tronco se colocaba en la chimenea, o en el canto de la misma, como acto principal de la velada. Con el paso del tiempo, en algunos lugares también se situó junto al árbol de Navidad, integrándose así en las decoraciones propias de estas fechas. La ceremonia estaba acompañada de palabras rituales, bendiciones y gestos simbólicos que variaban según el territorio y las costumbres locales.
Por lo general, los niños de la casa tenían un papel destacado en el desarrollo del rito. Eran ellos quienes recitaban frases tradicionales o buenos deseos, aunque en determinados pueblos la bendición recaía en la persona de más edad o en el cabeza de familia. En algunas zonas, antes de pronunciar la bendición, se vertía un poco de vino sobre la tronca, gesto que reforzaba el carácter simbólico del acto y anticipaba los buenos augurios para el nuevo año.
Dentro del Alto Aragón se distinguen dos formas principales de celebrar la tronca de Nadal. En la parte occidental, el ritual se centraba fundamentalmente en la bendición y posterior quema del tronco. Tras depositarlo en el fuego, se pronunciaban las palabras rituales y se dejaba que la tronca ardiera lentamente en la chimenea. En muchos hogares, los más pequeños se subían sobre el tronco como parte del ceremonial, mientras realizaban la señal de la cruz con ayuda de un porrón de vino y una torta, reforzando así el carácter familiar y comunitario de la celebración.
En la zona oriental del Alto Aragón, que incluye comarcas como el Somontano, el Cinca Medio y algunos municipios del Bajo Aragón, el rito incorporaba un componente más lúdico, especialmente pensado para los niños. En estos lugares, además de la bendición, la tronca “cagaba” regalos. Para ello, se escogía un tronco con pequeños huecos en los que se introducían dulces, frutos secos, galletas, monedas o pequeños juguetes. El momento de descubrir los obsequios se convertía en uno de los más esperados de la noche.
El desarrollo de esta parte del ritual seguía una secuencia muy concreta. Los adultos enviaban a los niños fuera de la estancia con cualquier pretexto, como ir a mojar las tenazas, para rellenar la tronca sin ser vistos. Después, se llamaba a los pequeños, que golpeaban el tronco mientras recitaban frases o cantinelas tradicionales. Con cada golpe, aparecían los regalos escondidos, provocando la sorpresa y la alegría de los más jóvenes. Una vez finalizado este momento festivo, la tronca también se quemaba en la chimenea, cerrando así el ritual.
La despoblación rural y la pérdida progresiva de las tradiciones populares provocaron que la tronca de Nadal estuviera a punto de desaparecer en Aragón, especialmente si se compara con su continuidad en Cataluña. No obstante, en las últimas décadas, asociaciones culturales y colectivos locales trabajan para recuperar y difundir esta costumbre, organizando actividades y celebraciones que permiten mantener viva una tradición profundamente arraigada en la identidad navideña altoaragonesa.