El Real Zaragoza sigue en el pozo y su principal problema no tiene solución jornada tras jornada
Hay equipos que caen porque no corren, otros porque no creen y algunos porque no compiten. El Real Zaragoza no pertenece a ninguno de esos grupos. Su problema es más incómodo, más persistente y, quizá por eso, más difícil de corregir: cuando el partido le exige continuidad, se queda sin respuesta. No es falta de entrega ni de orgullo. Es algo más elemental y más decisivo: el juego no se enlaza.
Ante el Cádiz volvió a verse con claridad. El Zaragoza fue reconocible, intenso, incluso valiente en determinados tramos. No dio la sensación de un equipo entregado ni superado. Al contrario. Aguantó, discutió el partido y se mantuvo dentro de él durante muchos minutos. Pero cada avance parecía aislado del anterior, cada intento nacía y moría en la misma jugada. Como si el equipo supiera llegar, pero no seguir.
Ese es el punto exacto donde se rompe todo. El Zaragoza actual funciona por impulsos. Tiene arranques, no secuencias. Tiene chispazos, no cadenas. Puede presionar, forzar errores, ganar segundas jugadas. Pero cuando el balón necesita viajar con intención, cuando hace falta una posesión que ordene, que permita respirar y decidir, aparece el vacío. El balón se acelera, se divide o se pierde. Y el partido vuelve a empezar desde cero.
Rubén Sellés ha conseguido algo fundamental: devolver al equipo una identidad competitiva. El Zaragoza ya no es un cuerpo inerte. Corre, aprieta, protesta, se levanta. Hay una base emocional sobre la que construir. Pero el problema es que la emoción no basta cuando no hay estructura que la sostenga. El equipo vive demasiado tiempo en el alambre, fiándolo todo a la intensidad, y la intensidad no es un plan estable de permanencia.
Frente al Cádiz hubo momentos para creer. Alguna llegada, una acción que pudo cambiar el marcador, una sensación de que el partido no estaba perdido. Incluso el estadio parecía preparado para celebrar ese paso adelante que tantas veces se ha anunciado y tantas veces se ha frustrado. Pero el Zaragoza no logró gobernar ni siquiera sus mejores minutos. No encontró la manera de instalarse en campo rival con continuidad, ni de encadenar posesiones que desgastaran al contrario.
Cuando el partido se rompió, el Zaragoza no supo recomponerlo con balón. Volvió al mismo patrón: empuje, choque, insistencia sin control. Y ahí aparece el gran riesgo. Porque un equipo que vive siempre al límite está más cerca del error que de la victoria. Y cuando el error llega, no tiene red. No hay un fútbol al que agarrarse.
La lesión temprana de Aguirregabiria fue un contratiempo añadido. Un jugador que había encontrado equilibrio y rendimiento en una etapa inesperada de su carrera dejó un hueco difícil de cubrir, no solo por lo que aporta individualmente, sino por lo que ordena colectivamente. A partir de ahí, el Zaragoza se recompuso desde el carácter, no desde el juego. Resistió, pero no cosió.
Ese verbo —coser— resume el problema mejor que cualquier estadística. El Zaragoza no une las piezas. Las acumula, las superpone, las lanza al mismo espacio, pero no las conecta. Por eso no es dominador, pero tampoco dominado. Por eso vive en una zona gris, en un fútbol ruidoso que le permite competir pero no crecer.
Salir del último puesto exige algo más que orgullo. Exige una frase completa, un fútbol con continuidad, con pausas y con sentido. Hasta que ese hilo no aparezca, el Zaragoza seguirá atrapado en la misma fórmula: pelea, sí; esperanza, sí; vida, sí. Pero siempre con una coletilla que lo devuelve al punto de partida.
El problema está identificado. Lo difícil ahora es encontrar la solución. Y, de momento, no se ve.


