Opinión | ¿Y si lo llamamos Rodalíes?; por Jorge Herrero
La reciente negativa del Ministerio de Transportes a impulsar el Cercanías entre Zaragoza y Huesca no es solo un jarro de agua fría para la movilidad de Aragón. Es, más bien, un nuevo capítulo de ese género literario tan cultivado en la política nacional y es el informe técnico que llega siempre a la misma conclusión cuando el mapa se aleja demasiado de Madrid.
El documento presentado por el Ministerio, que califica de “inviable” la conexión ferroviaria, ha sido recibido en el Pignatelli con indignación. Cuesta creer que estemos ante un análisis neutral cuando se exige una demanda de 20.000 viajeros diarios para un servicio al que el propio Ministerio apenas permite ofrecer 7.200 plazas. Un prodigio de la lógica administrativa: pedir lo imposible para demostrar, con rigor matemático, que lo imposible no ocurre.
Los horarios actuales son un jeroglífico solo apto para iniciados, las frecuencias parecen pensadas para no molestar y el uso habitual del tren se ha convertido en una prueba de resistencia. Exigir demanda en este contexto es como cerrar un bar, apagar las luces y concluir, acto seguido, que nadie tenía sed. El Gobierno de Aragón ha hecho bien en denunciar la falta de rigor de un planteamiento que confunde causa y consecuencia con una tranquilidad pasmosa.
Pero reducir este portazo a una cuestión técnica sería ingenuo. Para entenderlo de verdad hay que mirar el tablero político nacional, ese en el que las inversiones públicas no se priorizan por utilidad social, sino por capacidad de generar estabilidad parlamentaria. En la España actual, los derechos de los ciudadanos no dependen tanto de su necesidad como de su peso específico en la aritmética de la investidura. Una lógica impecable desde el punto de vista del poder, aunque algo menos defendible cuando se presenta como política pública.
Quizá el gran error de Aragón ha sido su perseverante educación. Décadas reclamando un Cercanías digno, una red básica para vertebrar el territorio y frenar la despoblación, siempre con informes, argumentos y paciencia. Y aquí seguimos, sentados en el andén de las promesas incumplidas, viendo pasar el tren de la modernidad mientras nos lanzan estudios de rentabilidad como quien tira un folleto por la ventanilla.
"Si el Gobierno de Aragón, en un alarde de pragmatismo desesperado y algo de ironía, decidiera empezar a hablar oficialmente de los Rodalíes de Aragón, es muy probable que el tono cambiara de inmediato"
Visto el panorama, tal vez la solución no sea técnica ni presupuestaria, sino puramente semántica. Si el Gobierno de Aragón, en un alarde de pragmatismo desesperado y algo de ironía, decidiera empezar a hablar oficialmente de los Rodalíes de Aragón, es muy probable que el tono cambiara de inmediato. Porque es bien sabido que esa palabra, Rodalíes, no describe un servicio ferroviario, sino que actúa como un sacramento político: se pronuncia y aparecen inversiones, se invoca y los informes se reinterpretan, se bendice y la rentabilidad surge donde antes solo había excusas.
Bajo ese nombre, lo que ayer era inviable se vuelve urgente. Las competencias se traspasan con solemnidad, los presupuestos se estiran sin pudor y nadie parece preguntarse por la tasa de retorno. Si el Zaragoza-Huesca llevara el sello adecuado, no sería extraño ver una inauguración exprés, alfombra roja incluida, y un entusiasmo ministerial repentino por un corredor que hasta ayer no merecía ni un apeadero.
Al final, todo es mucho más sencillo de lo que nos quieren hacer creer. No faltan viajeros, ni dinero, ni razones. Falta la etiqueta correcta. Porque en la España actual no hay trenes inviables, solo territorios prescindibles. Y mientras en Aragón sigamos llamando Cercanías a lo que otros llaman Rodalíes, seguiremos condenados a lo de siempre: promesas, informes y una vía muerta perfectamente rentable… para quienes deciden que no merece la pena moverla.