Opinión | El cambio de hora: una costumbre que ya no ahorra

La medida que nació para ahorrar energía en los años 70 apenas tiene efecto en un país donde el consumo ya no depende del sol, sino de nuestros hábitos
Cambio de hora España 2026
Cambio de hora España en octubre 2025

Una hora menos de luz por las tardes, una más de sueño el domingo que toca y, cada año, la misma sensación: ¿realmente sirve de algo?

Es un gesto automático, casi ritual, que repetimos cada otoño sin pensar demasiado. Pero si miramos los datos —y sobre todo, la realidad—, lo cierto es que el cambio de hora ya no ahorra nada.

El cambio de hora se justificó durante décadas como una medida de ahorro energético, pero lo cierto es que hace tiempo dejó de tener sentido.

Cuando se implantó en los años 70, España era otra. Las bombillas incandescentes devoraban vatios, las calefacciones eran escasas y buena parte del país se levantaba y acostaba con el sol.

Aprovechar una hora más de sol era lógico: menos lámparas encendidas, menos gasto. Pero medio siglo después, España ha cambiado. Y el reloj, por sí solo, ya no sirve para ahorrar.

En casa, más horas dentro y más consumo

En el ámbito doméstico, el cambio de hora tiene más efecto en nuestros hábitos que en la factura. Amanece antes, sí, pero también oscurece antes. Y eso significa más tiempo en casa, más horas de calefacción, más luz encendida. El gran gasto ya no está en la iluminación —que apenas representa un 10 % del total—, sino en la climatización, el agua caliente y los electrodomésticos. Y esos no entienden de horario de invierno.

Por las tardes, cuando cae el sol, llega el pico de demanda eléctrica.

Entre las seis y las diez de la noche el país entero enciende luces, calderas, hornos y pantallas. El cambio de hora no reduce el consumo, solo lo mueve hacia las horas en las que la energía cuesta más, porque el “prime time” del hogar coincide con el “prime time” del mercado eléctrico.

Gastamos lo mismo, o incluso un poco más… pero justo cuando la electricidad es más cara.

A veces pensamos que el ahorro está en el reloj, cuando en realidad está en cómo usamos la energía: en una casa bien aislada, en un termostato bien programado o en un consumo más consciente. El problema no es la hora: es el hábito.

En la industria, la producción manda

En las fábricas, el impacto es nulo. Los procesos no se adaptan al sol, sino al calendario de producción. Los hornos, compresores o cámaras de frío consumen igual a las siete que a las ocho. El único ahorro posible está en medir, analizar y gestionar mejor. No en mover las manecillas.

En los servicios y el campo, apenas se nota

En el comercio o la hostelería, el cambio solo adelanta el encendido de luces o la calefacción. Las cenas se sirven igual, solo que con más noche alrededor.

En el campo, el sol sigue marcando el ritmo: los animales y los cultivos no entienden de horario de invierno.

Una costumbre vacía

El debate vuelve cada seis meses, pero el resultado no cambia: no hay ahorro. Red Eléctrica lo confirma año tras año: el impacto en la demanda total es prácticamente nulo. Lo que nació como una medida sensata hoy sobrevive por pura inercia. Creemos que ajustando el reloj ahorramos, cuando en realidad lo que ha cambiado somos nosotros.

El ahorro real está en otra parte

El verdadero cambio no pasa por atrasar el reloj, sino por adelantar la gestión. Aislar mejor los edificios, aprovechar la luz natural de verdad, usar la calefacción con cabeza, apostar por el autoconsumo y entender nuestros consumos. Ahí está el ahorro real. Y además, sin marear las manecillas.

El tiempo pasa, los relojes giran y algunos siguen creyendo que una hora más de sol basta para gastar menos. Pero ya no vivimos en aquel país de bombillas amarillas y persianas bajadas al anochecer.

Hoy, el ahorro no está en cambiar la hora: está en cambiar la forma en que usamos la energía

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