Opinión I ¿Qué significa ser aragonés?
El 23 de abril no es un día más: es el Día de San Jorge, patrón de Aragón, y con él, una ocasión para reflexionar sobre qué significa realmente "ser aragonés". La pregunta no es nueva, pero sigue vigente, especialmente en un mundo donde las identidades están en constante tensión entre lo local, lo nacional y lo global.
En un tiempo donde se multiplican los discursos identitarios cerrados, pensar Aragón como un territorio de inclusión, de mestizaje cultural, de pacto y respeto mutuo, es casi revolucionario. Y es que la identidad aragonesa, lejos de ser una esencia encerrada en una lengua, una raza o una historia uniforme, se manifiesta en la pluralidad de su gente, en la capacidad de reconocerse en el otro y en la voluntad de construir comunidad desde la diferencia.
Aloma Rodríguez hablaba de la somardez como seña aragonesa: esa mezcla de escepticismo irónico y humor afilado que nos ayuda a reírnos incluso de nuestras propias tragedias. Quizá ahí resida uno de los grandes patrimonios inmateriales de Aragón: en saber relativizar sin caer en el cinismo, en decir lo que se piensa sin perder el respeto, en valorar la honradez por encima de la grandilocuencia.
Ser aragonés no es definible en un código cerrado. Y precisamente por eso, su riqueza se multiplica. Porque ser aragonés es Goya, que pintó las sombras y luces del alma humana; es Servet, que murió por pensar diferente; es María Moliner, que construyó un diccionario desde el rigor y el compromiso cultural. Es también el pactismo de Caspe, el entendimiento parlamentario tras las crisis existenciales o la construcción de parlamentos que se sostienen en la escucha y el acuerdo.
El Estatuto de Autonomía de Aragón no es una mera carta legal, es la expresión política de ese sentimiento: una identidad basada en la convivencia, en el respeto a la Ley y en la capacidad de adaptarse a los tiempos sin perder los principios.
En un momento en que otras zonas del mundo abrazan relatos de exclusión, el aragonesismo reivindica una identidad que suma, que acoge y que cree que el bien común no se construye desde la imposición, sino desde el entendimiento.
Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar esa idea de comunidad abierta. Una comunidad que se reconoce en sus contrastes, que no teme a la diferencia y que sabe que la verdadera identidad no se impone, se comparte.
El alma aragonesa es pactista, legalista, leal. Una virtud cívica que debería inspirar a muchos: el compromiso con lo correcto, con lo justo, con lo decente. Esa es, o debería ser, nuestra bandera. No la nostalgia del pasado, sino la voluntad de vivir juntos un presente con sentido y un futuro esperanzador.
Celebremos lo que somos: un pueblo que construye su identidad desde la dignidad, el respeto y la honradez.


