La historia de la Virgen del Pilar que pocos saben en Zaragoza

En su Santa Capilla se venera la pequeña imagen de la Virgen (unos 36 centímetros), asentada sobre la columna de jaspe.

La tradición que vincula a Zaragoza con la primera advocación mariana del cristianismo sitúa sus orígenes en el año 40, cuando el apóstol Santiago, tras predicar en la actual Galicia, llegó a la ribera del Ebro.

Según los relatos transmitidos durante siglos, una noche de oración junto a sus discípulos, el apóstol pidió luz para decidir si debía permanecer en la ciudad o proseguir su camino. Entonces —continúa la tradición— un resplandor bajó del cielo y un coro de ángeles depositó una columna luminosa. Sobre ella se manifestó la Virgen María, aún viva entonces en Jerusalén, alentándole a levantar en aquel punto una iglesia con esta promesa: “permaneceré en este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión”.

De aquel episodio, núcleo de la devoción, nacería la primera capilla dedicada a María y, con el tiempo, la actual Basílica de Nuestra Señora del Pilar, uno de los grandes santuarios marianos del mundo. La tradición sostiene que, tras erigir el oratorio, Santiago regresó a Jerusalén, mientras la comunidad cristiana en Caesaraugusta mantuvo viva la memoria de la columna —el “pilar”— como signo de presencia y amparo.

Un templo con historia viva

La basílica que hoy conocemos —de estilo barroco, con torres y cúpulas que perfilan el skyline de Zaragoza— es fruto de siglos de ampliaciones y reformas sobre sucesivos templos. En su Santa Capilla se venera la pequeña imagen de la Virgen (unos 36 centímetros), asentada sobre la columna de jaspe que la tradición identifica con el “pilar” original. Ese elemento, más que cualquier otro, ha estructurado la iconografía y la liturgia del lugar: el pilar como columna de fe, faro en la noche, soporte de esperanza.

El templo forma parte, además, de la memoria reciente del país. Durante la Guerra Civil (1936-1939), tres artefactos explosivos cayeron sobre la basílica: una bomba en el entorno exterior y dos sobre la propia Santa Capilla. Ninguna estalló. Los proyectiles se conservan hoy expuestos, como testimonio de aquel episodio que consolidó la percepción popular del Pilar como lugar protegido.

Fe, liturgia y lenguaje del símbolo

La fiesta del 12 de octubre, patrona de Zaragoza y día de la Hispanidad, concentra el calendario devocional del Pilar. La liturgia recoge imágenes de fuerte arraigo popular: la columna como “puente, escala y guía” para el peregrino; árbol de vida que “nos dio a Cristo”; faro esplendente que alumbra en las noches de la fe.

En el rezo se pide a María “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”, una triple invocación que la tradición del santuario ha asociado a ejemplos históricos de caridad y testimonio: desde los mártires de la Antigüedad a figuras como María Rafols, fundadora de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, cuya acción durante los Sitios de Zaragoza dejó huella cívica y religiosa.

La celebración adquiere, además, una dimensión cultural y comunitaria con la Ofrenda de Flores, que transforma el centro de la ciudad en un mosaico de ramos y trajes tradicionales. En la víspera se instala mediante grúa la gran estructura que acoge el manto floral y la reproducción simbólica de la imagen sobre el pilar, un dispositivo que cada año se ajusta en altura, volumen y seguridad para ordenar el flujo de participantes.

Milagros y relatos que han marcado la devoción

Entre los episodios más citados en la historia piadosa del Pilar figura el llamado “milagro de Calanda” (1640), atribuido a la intercesión de la Virgen: la restitución de la pierna amputada de Miguel Juan Pellicer, un caso ampliamente difundido en su época por testimonios notariales y eclesiásticos. Siglos después, los “obuses sin explotar” de 1936 reforzaron la convicción popular de un amparo extraordinario del santuario.

Sin entrar en valoraciones científicas —sobre los milagros no hay consenso académico—, lo significativo desde el punto de vista periodístico es su potencia social: estos relatos consolidaron peregrinaciones, generaron literatura devota y definieron una identidad compartida en torno al Pilar, que hoy trasciende fronteras por la diáspora aragonesa y la tradición hispánica.

El pilar: una piedra sagrada y poco conocida

Paradójicamente, el elemento central del conjunto —la columna— sigue envuelto en un relativo misterio material. Más allá de la veneración a través del pequeño óculo por el que los fieles besan la piedra, las envolturas metálicas (bronce y plata) y los mantos han limitado durante siglos las inspecciones directas. Aun así, se han documentado varias mediciones históricas: un dibujo del arquitecto José Julián de Yarza (1756) y descripciones como la de Manuel Vicente Aramburu (1766) fijaron alturas en torno a 1,77 metros y un diámetro aproximado de 24 centímetros para el fuste de jaspe. En 1955, una comprobación geométrica con instrumentos de precisión constató que la superficie que besan los fieles corresponde al mismo pilar sobre el que se asienta la imagen.

Más allá de medidas y croquis, la arqueología no ha aportado certezas concluyentes sobre la datación exacta de la piedra. Algunos autores han lamentado oportunidades perdidas para aplicar métodos no invasivos (georradar, tomografía, análisis petrográfico comparado) en momentos de obras. La posición del Cabildo, históricamente prudente, ha priorizado conservar la integridad del conjunto y su emplazamiento inalterado. En ese equilibrio entre ciencia, patrimonio y culto se mueve hoy la gestión de un bien que es a la vez devocional, artístico e identitario.

De Zaragoza al mundo: una proyección de cinco siglos

La elección del 12 de octubre como fecha principal —más allá del 2 de enero, día tradicional de la aparición— la fijó la Iglesia en clave de Hispanidad, coincidiendo con la llegada de las naves de Colón a América en 1492. Aquella conexión simbólica reforzó la dimensión misionera del Pilar y extendió su devoción por todo el continente. No es casual que en la década de 1980 san Juan Pablo II subrayara en Zaragoza la “dimensión apostólica” de esta tradición y su papel como puente cultural.

Hoy, la basílica integra la oferta cultural y turística de la ciudad: recibe millones de visitas anuales, convoca actos musicales y académicos, y es punto de partida de rutas de patrimonio mudéjar y barroco. La Economía de la fe —alojamiento, restauración, comercio— se mezcla con la experiencia espiritual del peregrino, un turismo cada vez más interesado en vivencias y relatos.

Un patrimonio con capas: arte, música y ciudad

El Pilar es, además, un compendio de artes. La Santa Capilla de Ventura Rodríguez (siglo XVIII), con sus relieves y mármoles, dialoga con las cúpulas decoradas por Goya (Regina Martyrum) y otros maestros. La música —órgano, coros, polifonía— ha sido y es un lenguaje cotidiano del santuario. Y su condición de espacio cívico se manifiesta en ceremonias militares, conmemoraciones y recibimientos que hacen del templo un lugar de encuentro transversal para la ciudad.

En esa interfaz entre lo sagrado y lo civil, el Pilar ha sabido actualizar protocolos (accesos, seguridad, accesibilidad) sin diluir su carácter. La coordinación con el Ayuntamiento y los cuerpos de seguridad en jornadas de gran afluencia —como la Ofrenda de Flores o el Rosario de Cristal— es hoy una operación logística compleja que ilustra la convivencia entre tradición y gestión contemporánea de eventos.

El relato fundacional y su lectura actual

¿Puede informarse sobre la tradición del Pilar con rigor periodístico? Sí, si se distingue con claridad entre hechos verificables (cronologías del edificio, documentos, inspecciones, sucesos bélicos) y relatos de fe (la aparición a Santiago, los milagros). Esta separación no resta valor a ninguna de las dos dimensiones; al contrario, permite comprender por qué el Pilar es, a la vez, objeto de estudio histórico, emblema urbano y símbolo espiritual para millones de personas.

En esa lectura contemporánea, la columna funciona como metáfora que atraviesa épocas: guía al pueblo —como en el Éxodo—, sostiene el edificio —como en la arquitectura— y ancla una memoria —como en la identidad compartida—. Es, también, una invitación a la hospitalidad: un santuario que acoge, escucha y acompaña. Quien acude encuentra luz de vela y bullicio, silencio y campanas, turistas y devotos; encuentra ciudad.

Entre la devoción y la investigación: una agenda posible

Mirando al futuro, el Pilar afronta desafíos similares a otros grandes santuarios europeos: conservación preventiva, digitalización de archivos, accesibilidad universal, sostenibilidad energética y mediación cultural para nuevas generaciones que demandan contexto además de emoción. En el plano estrictamente patrimonial, la comunidad científica mantiene el interés por estudiar con técnicas no invasivas la piedra del pilar, su composición, su anclaje y su entorno estructural. Cualquier avance en este terreno exigirá consenso entre gestores del culto, restauradores y especialistas, con una premisa compartida: preservar sin desvirtuar.

Mientras tanto, la vida cotidiana del santuario sigue su curso: misas, confesiones, visitas guiadas, bendiciones y colas para el breve gesto de apoyar los labios en la piedra pulida por siglos de devoción. Ese gesto —sencillo, repetido— resume el sentido del lugar: un contacto con la historia, con la ciudad y con una promesa de amparo que ha atravesado generaciones.

Zaragoza reconoce en el Pilar uno de sus pulmones simbólicos. El templo no se entiende sin la ciudad y la ciudad, difícilmente, sin el templo. Entre cúpulas y puentes, la basílica custodia la columna que dio nombre a la devoción y que, más allá de debates, sostiene una experiencia común.

Como reza la antigua plegaria: “fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor”. Tres palabras que condensan la herencia del Pilar y dibujan, todavía hoy, una agenda para la vida de una ciudad y un pueblo. Porque en el encuentro de la tradición con la ciudad presente —en su gente diversa, creyente o no— el Pilar sigue siendo lo que fue: columna y faro.

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