¿Qué nombres tenían las calles de Zaragoza hace 600 años?: del Burdel Viejo al Azoque
Si hoy recorres Zaragoza, quizá no imaginas que bajo el asfalto moderno sigue latiendo un callejero que, hace más de seis siglos, tenía nombres tan directos como Burdel Viejo, Calceteros, Fustería o Azoque. Lo explica con detalle el estudio “Los nombres de las calles de Zaragoza en el siglo XV (Toponimia urbana)” de Gaudioso Giménez Resano, un documento que permite asomarse a la ciudad medieval a través de sus calles, plazas y callizos.
Aquel Zaragoza estaba rodeado por murallas y dividido en tres grandes núcleos: los barrios cristianos —articulados en quince parroquias—, la judería amurallada y la morería, situada extramuros. Entre calles estrechas, calles gremiales y plazas que eran centros de comercio o poder, la toponimia era fiel reflejo de la vida cotidiana.
Calles que contaban la vida: del trabajo al ocio prohibido
Muchas de las denominaciones medievales nacían directamente de los oficios instalados en cada zona. Por ejemplo, la calle de Calceteros albergaba a los artesanos que elaboraban medias y calzas; la Cuchillería, tal y como indica su nombre, concentraba talleres donde se fabricaban cuchillos; y la Frenería reunía a quienes producían frenos y piezas para animales de carga.
Otra vía muy viva era la Fustería, situada en la morería, donde trabajaban carpinteros y artesanos de la madera. Y en pleno casco comercial, la popular Cedacería recordaba la producción de cedazos y útiles de cribado.
Pero sin duda uno de los topónimos más llamativos era el Burdel Viejo, cerca del Mercado. Estaba así llamado porque, a mediados del siglo XV, el burdel municipal fue trasladado al Campo del Toro, dejando esta calle como la “antigua” zona de prostitución.
El Azoque, el corazón del barrio moro
Pocas calles medievales han conservado su nombre hasta hoy, y una de ellas es Azoque. En el siglo XV era la vía principal de la morería: su nombre procede del árabe al-sûq, que significa “mercado”. Allí se concentraba buena parte de la actividad económica del barrio musulmán, entre la Fustería, la plaza de la Alfóndiga y la Mezquita Mayor.
Precisamente la plaza de la Alfóndiga, también ubicada en la morería, recuerda la antigua posada de mercaderes (funduq en árabe), un lugar esencial en la vida comercial del barrio.
Topónimos que describían lugares concretos
Otras calles simplemente señalaban elementos geográficos o urbanos reconocibles. La Carrera de la Leche, por ejemplo, era una estrechísima vía de menos de un metro de ancho en la que se vendía leche. La Laguna de San Felipe tomaba su nombre de un “hoyo” o cavidad del terreno. Y la Puyada de la carrera Nueva o la Puyadica del Justicia se referían directamente a cuestas, ya que “puyada” significa subida en aragonés.
También había calles que daban nombre a elementos religiosos o institucionales. La Plaza del Estudio, cerca de la Magdalena, era el espacio donde se situaba el Estudio General. La Plaza de la Diputación aparecía junto a la antigua Diputación del Reino. Y el Fossal de Santa María la Mayor era la plaza-cementerio junto al templo, lugar habitual de reunión del concejo.
El barrio judío: calles cerradas y sinagogas
La judería zaragozana, aislada por un muro interior y varias puertas específicas, también tenía su propio callejero. Allí se encontraban topónimos como la Calle de la Argentería, donde trabajaban los plateros; el Callizo del Talmud, donde se ubicaba la casa dedicada al estudio de la ley judía; o la Plaza de la Sinagoga, centro religioso de la comunidad.
Otros nombres recogían la presencia de familias destacadas, como el Callizo de las Casas de Don Nomey Gotina o el de Salamon Bernabey, algo habitual en la judería.
Una Zaragoza llena de vida y de nombres que hoy sorprenden
El documento permite reconstruir una ciudad vibrante, atravesada por gremios, mercados, calles minúsculas y espacios que hoy han desaparecido o cambiado por completo su nombre. Algunos —como Azoque, Armas o Barrio Verde— siguen vigentes, pero la mayoría quedaron enterrados bajo siglos de historia.
Lo que sí permanece es la esencia: un callejero que hablaba claro, que nombraba sin filtros lo que había en cada rincón y que hoy nos permite descubrir cómo vivían, trabajaban, comerciaban o se desplazaban los zaragozanos del siglo XV. Si alguna vez te preguntas cómo era Zaragoza hace 600 años, basta con leer sus calles.