La última gran orden militar de la Corona de Aragón: así cayó Montesa

Nacida en pleno siglo XIV para llenar el vacío dejado por los templarios, acabó, dos siglos y medio después, diluida en la órbita directa de la Monarquía, tras un final tan político como novelesco.

La historia de la Corona de Aragón está jalonada de alianzas, conquistas y también de órdenes militares que actuaron como brazo armado de la fe y del poder. Entre ellas, una destaca por su fuerte arraigo valenciano y por su peculiar destino: la Orden de Santa María de Montesa, más conocida simplemente como Orden de Montesa. Nacida en pleno siglo XIV para llenar el vacío dejado por los templarios, acabó, dos siglos y medio después, diluida en la órbita directa de la Monarquía, tras un final tan político como novelesco.

Una orden para ocupar el lugar del Temple

La Orden de Montesa fue fundada en 1317 por el rey Jaime II de Aragón, con la aprobación del papa Juan XXII. Su creación tenía un objetivo muy claro: proteger las tierras valencianas frente a los ataques musulmanes y dar continuidad al papel militar y religioso que había ejercido la Orden del Temple antes de su disolución.

El Temple había acumulado un enorme patrimonio y una influencia notable en los territorios de la Corona de Aragón. Tras su desaparición, una parte sustancial de sus bienes, especialmente en el Reino de Valencia, quedaron sin una estructura militar que los gestionara y defendiera. Montesa nació precisamente para eso: heredar fortalezas, rentas y responsabilidades militares en una frontera todavía inestable.

El 22 de julio de 1319 se constituía oficialmente la Orden de Montesa, con Guillem (Guillermo) de Eril como primer Maestre, y su sede en el castillo de Montesa, en la actual provincia de Valencia. Ese castillo se convirtió desde entonces en símbolo político, religioso y militar de la nueva institución.

Guillermo de Eril, el maestre que nunca llegó a Montesa

De Guillermo de Eril se conoce relativamente poco antes de su nombramiento. Hijo de Bernard Roger de Eril y de Toda de Centelles, pertenecía a una familia de la nobleza catalana, lo que ya lo situaba en el círculo de confianza del monarca. De hecho, fue el propio Jaime II quien lo propuso como primer Maestre de la nueva orden, señal de la importancia estratégica que se concedía a Montesa.

Sin embargo, su historia al frente de la orden fue tan breve como trágica. Tras su designación, permaneció alrededor de veinte días en Barcelona liquidando los asuntos de su vida anterior, preparando su nueva etapa al frente de la Orden de Montesa. El 11 de agosto de 1319 emprendió el viaje hacia el Reino de Valencia, pero enfermó durante el trayecto y tuvo que detenerse en el monasterio de Santes Creus.

El 17 de septiembre consiguió llegar hasta Peñíscola, donde aún tuvo tiempo de confirmar los privilegios de la villa de San Mateo, integrada en los dominios de la orden. Pero su salud siguió empeorando y, finalmente, murió el 4 de octubre de 1319, sin haber podido alcanzar nunca el castillo de Montesa. Su proyectada labor como Maestre quedó truncada casi antes de empezar.

Al año siguiente, fue elegido un nuevo Maestre, frey Arnau de Soler, que se encargaría ya de dar continuidad real a la vida de la orden.

Un instrumento clave de la Corona de Aragón

Más allá del simbolismo, la Orden de Montesa fue un instrumento político y militar de la Corona de Aragón. Sus caballeros defendían fortalezas, vigilaban caminos, apoyaban campañas militares y contribuían a la repoblación y organización del territorio valenciano.

Con el tiempo, la orden acumuló poder económico, jurisdiccional y militar, participando en conflictos del Mediterráneo occidental y consolidando la presencia cristiana en el Reino de Valencia. Era, en la práctica, un aliado imprescindible del rey en una zona donde la frontera, las incursiones y los equilibrios con el mundo musulmán seguían siendo una realidad.

La cruz de Montesa: símbolo de fe y guerra

La identidad de la orden se condensaba en un emblema fácilmente reconocible: la cruz roja flordelisada sobre fondo blanco, conocida como la cruz de Montesa.

Similar a otras cruces usadas por órdenes militares, este símbolo sintetizaba la doble naturaleza de la institución: religiosa y bélica. Por un lado, obediencia al Papa y vida bajo reglas de inspiración monástica; por otro, compromiso de empuñar las armas al servicio de la fe y de la Corona.

El lento declive y un final lleno de intrigas

La Orden de Montesa se mantuvo independiente hasta 1587, cuando pasó a la Corona, convirtiéndose en la última gran orden militar peninsular en perder su autonomía. Pero ese proceso no fue solo administrativo: estuvo teñido de tensiones internas, luchas de poder y un escándalo sonado.

En el último cuarto del siglo XVI, Montesa ya mostraba signos claros de decadencia. El detonante final fue la figura de su Gran Maestre, Pedro Luis Galcerán de Borja, un personaje que concentraba linajes poderosos por todas partes: de un lado, la casa catalana Galcerán de Pinós; de otro, la casa valenciano-aragonesa de los Borja, siendo bisnieto nada menos que del papa Alejandro VI.

Pedro Luis demostró habilidad política, ambición y capacidad de tejer redes de poder. Precisamente por ello, no encajaba bien con el estilo del rey Felipe II, el “Rey Prudente”, poco amigo de focos de poder autónomos, y menos aún en forma de una gran orden militar todavía independiente. A esas alturas, la Monarquía Hispánica ya había absorbido de facto las órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara.

En 1574, Pedro Luis Galcerán fue acusado de sodomía y de mantener relaciones con el conde de Ribagorza, don Juan de Gurrea y Aragón. El escándalo, más allá de su veracidad o instrumentalización política, terminó con una condena de diez años de reclusión en el convento de Montesa y una multa de 6.000 ducados.

La orden, que ya estaba dividida internamente —en parte por el nepotismo del Gran Maestre—, se vio debilitada y vulnerable. En este contexto, Pedro Luis acabó negociando con el rey la incorporación de la Orden de Montesa a la Corona a cambio de ser compensado con la Encomienda Mayor de Calatrava y, en 1591, con el virreinato de Cataluña, cargo en el que moriría al año siguiente, en Barcelona.

De este modo, la vieja orden nacida bajo el impulso de Jaime II para consolidar el Reino de Valencia quedaba definitivamente bajo control directo de la monarquía, integrada en el engranaje político y patrimonial de la Corona.

Un legado que llega hasta hoy

Aunque la Orden de Montesa perdió hace siglos su papel militar, no desapareció del todo. En la actualidad existe en forma honorífica, bajo la protección de la Corona española, y su recuerdo sigue especialmente vivo en la cultura valenciana.

El castillo de Montesa, los documentos conservados, la heráldica y las referencias en la memoria local mantienen vivo el rastro de una institución que, durante siglos, fue pieza clave en la relación entre la Corona de Aragón, la defensa de la frontera valenciana y el complejo juego de poderes que definió la política peninsular.

Comentarios