El pueblo que conserva el último cine del Pirineo: cada vecino tiene su butaca
Enclavado en el corazón del valle de Roncal, Isaba es un tesoro escondido donde la historia, la naturaleza y la cultura se entrelazan en un escenario de película. Con su pequeño cine de montaña, sus calles de piedra y un paisaje que cambia con las estaciones, este rincón navarro invita a viajar en el tiempo mientras se disfruta de su arquitectura tradicional, sus leyendas y su entorno privilegiado.
El cine de Isaba fue impulsado por los sacerdotes del pueblo y, en la actualidad, se mantiene gracias a la Asociación Cultural Amigos del Cine. Las proyecciones se llevan a cabo los fines de semana y festivos, con una programación que se amplía durante el verano, cuando Isaba recibe a numerosos turistas y excursionistas que buscan la tranquilidad del Pirineo.
Con 200 butacas, casi la mitad de la población del pueblo, esta sala ha sido renovada recientemente con nuevas butacas, mejoras en el sistema eléctrico y un sonido optimizado. Todo ello, con el apoyo del ayuntamiento, que ha apostado por preservar este espacio cultural único.
UN PUEBLO DE CINE Y TRADICIÓN
Al terminar una proyección en Isaba, los espectadores pueden sentir que aún siguen dentro de una película. Sus casas de piedra, sus calles estrechas y el paisaje montañoso que lo rodea han convertido al pueblo en escenario de rodajes como Obaba y Secretos del corazón, del director Montxo Armendáriz.
Las viviendas de Isaba siguen el modelo tradicional de los pueblos de montaña navarros, con fachadas de piedra, techos inclinados y balcones de madera repletos de flores en primavera. Su arquitectura no es solo un símbolo estético, sino también un reflejo de la adaptación a un clima extremo, con inviernos en los que se pueden alcanzar los -10ºC y veranos donde el termómetro supera los 30ºC.
Pero el pueblo no solo destaca por su cine y su belleza, sino también por su historia. En 1375, Isaba fue protagonista de la firma del tratado de paz más antiguo de Europa, un pacto con el valle de Baretous (Francia) por el cual, cada año, se intercambian tres vacas para garantizar el derecho de pasto entre ambas comunidades.
La iglesia de San Cipriano, reconstruida en el siglo XVI tras un incendio, es otro de los símbolos de Isaba. De apariencia más cercana a una fortaleza que a un templo, su interior alberga un órgano barroco de 1751, restaurado en 1977 y considerado uno de los pocos instrumentos históricos que aún se pueden tocar en conciertos.
NATURALEZA, DEPORTE Y TRADICIÓN
Isaba es también un lugar clave para los amantes de la montaña. En invierno, la estación de Larra-Belagua, a 22 km del pueblo, ofrece 20 km de pistas de esquí nórdico en un enclave natural privilegiado. Y para quienes buscan adrenalina, a solo 28 km, ya en territorio francés, se encuentra la estación de La Pierre de Saint Martin, con descensos en el Pic d’Arlas a más de 2.000 metros de altitud.
Cuando llega la primavera, el valle de Roncal se transforma en un paraíso para el senderismo y el ciclismo. Entre sus rutas destaca la Vuelta de Arrako, un recorrido de 5,5 km que atraviesa hayedos centenarios y barrancos hasta alcanzar la cascada de Arrako, un rincón de postal donde la naturaleza se muestra en su estado más puro.
Pero si hay algo que hace único a Isaba es su vínculo con el euskera roncalés, considerado el dialecto más antiguo del vasco. Aunque su último hablante nativo, Fidela Bernat, falleció en 1991, aún sobreviven algunas palabras y topónimos, como el monte Binbaleta o el valle Belagua, cuyo nombre significa prado de agua.
Entre su historia, su cine y su entorno natural, Isaba es un pueblo que ha sabido resistir al paso del tiempo, manteniendo viva su esencia en pleno corazón del Pirineo.

