Fallece Elena Cuesta: la zaragocista que no fallaba nunca
El zaragocismo amaneció este miércoles con una noticia que encoge el corazón: ha fallecido Elena Cuesta, aficionada incondicional del Deportivo Aragón y del Real Zaragoza, presencia eterna en los campos de la Ciudad Deportiva y voz de aliento para varias generaciones de canteranos. El club comunicó anoche su pérdida en redes sociales y, desde entonces, se ha desatado una cascada de mensajes de pésame y recuerdos que dibujan el perfil de una seguidora distinta, de las que siempre están.
Quien haya pasado un domingo por la carretera de Valencia la habrá visto, siempre en primera fila, con su bufanda y su sonrisa, llamando “mis cachorros” a los chicos del filial. No importaba el rival, el frío cortante del cierzo o el sol de justicia en junio: Elena no faltaba. Esa presencia, discreta y constante, se convirtió con el tiempo en un hábito hermoso para la cantera; para muchos chavales, un rostro familiar que les hacía sentir en casa.
Los mensajes que hoy se leen en X (antes Twitter) condensan ese cariño. Fabio Conte, mediocentro hoy en la SD Ejea, escribió: “Daba igual el clima o el rival, siempre estabas con nosotros. Gracias por tu cariño. Descansa en paz, Elena.” Pablo Cortés añadió: “Siempre estarás presente en la Ciudad Deportiva, DEP Elena.”
Y Xavi Aguado, capitán de leyenda, dejó un recuerdo que pellizca: “Qué noticia más triste para todos los zaragocistas que conocíamos a Elena. Siempre estaba presente en la Ciudad Deportiva viendo a sus ‘cachorros’. A los jugadores del primer equipo nos traía estampas de la Virgen del Pilar en los momentos más complicados. Descansa en paz.”
No es casual que tantos futbolistas, técnicos y empleados se refieran a ella como icono de la cantera. Elena representaba esa afición silenciosa que sostiene al club desde abajo, la que se sienta en una grada modesta, anima sin condiciones y abraza a los suyos gane quien gane. En tiempos de ruido y redes, su forma de entender el zaragocismo era pura fidelidad: estar, acompañar, no fallar nunca.
Su muerte llega, además, en una de las etapas más duras que se recuerdan para el primer equipo. Y quizá por eso su pérdida duele doble: porque Elena era consuelo. En los malos momentos, acercaba una palabra, un apretón de manos, incluso una estampa del Pilar para los profesionales que atravesaban tempestades. En los buenos, celebraba con la ilusión intacta de una niña. Su manera de vivir el fútbol hablaba de raíces: de club, de barrio, de familia.
El vacío que deja en la Ciudad Deportiva es enorme. No volver a verla en la valla, ni escuchar su “vamos, chicos” en una mañana de Tercera, dejará un silencio raro. Pero también queda su huella: el ejemplo de quien entiende que el fútbol es pertenecer, que la cantera es el corazón del Real Zaragoza y que apoyar a los jóvenes es sembrar futuro.

