Editorial | Ir o volver del Pirineo: el mismo caos de siempre y con poca previsión

Porque el Pirineo no puede venderse como destino de primer nivel con carreteras de segunda… y operativos de tercera.

Hay escenas que en Aragón ya parecen un mal rito de paso: poner rumbo al Pirineo o regresar a Zaragoza y asumir, casi con resignación, que tocará comerse un atasco monumental en los mismos puntos de siempre. Este puente de diciembre, con la apertura de las estaciones de esquí y miles de coches bajando del norte, la historia se ha repetido como un calco. De nuevo, el embudo de Lanave y Sabiñánigo ha vuelto a demostrar que la teoría del “Aragón corredor vertebrado” no pasa la prueba del asfalto.

El escenario es conocido por cualquiera que frecuente la A-23. La fotografía del problema cabe en pocos kilómetros, pero afecta a todo el mapa del turismo de nieve aragonés: los ocho kilómetros sin desdoblar de la N-330 entre la rotonda final de la autovía en Sabiñánigo y la zona de Hostal de Ipiés–Lanave y los tres kilómetros de la variante de Sabiñánigo en la A-23 y varios kilómetros más de vía sin desdoblar alrededor de la capital del Alto Gállego, hasta el enlace con la A-136 hacia el valle de Tena.

En condiciones normales, ese tramo se recorre en unos 10–12 minutos. Este lunes, muchos conductores necesitaron alrededor de una hora para hacer el mismo recorrido: marcha casi a paso humano, paradas constantes, nervios en las rotondas y una sensación compartida de déjà vu: otra vez lo mismo, otra vez aquí.

A la avalancha de vehículos de vuelta del Pirineo se han sumado varios factores que, combinados, han hecho saltar por los aires la fluidez del tráfico: obras activas, carriles reducidos, señalización de obra, y un diseño de carretera que se queda pequeño cada vez que llega un puente o un fin de semana de alta ocupación.

Un viajero que sufrió el atasco lo resumía a HOY ARAGÓN así: el tráfico iba “muy lento, pero casi nunca totalmente parado”, con colas interminables tanto en la salida de las estaciones como ya dentro de Sabiñánigo y en las conexiones con la autovía.

Lo que más le llamó la atención no fue solo la congestión, sino lo que no vio: “En todo el tramo conflictivo no vi ni un operativo especial de Tráfico, ni agentes regulando accesos, ni patrullas gestionando incorporaciones. Era como si el atasco se estuviera gestionando solo”.

Su testimonio coincide con el de otros conductores que denuncian falta de presencia visible de la Guardia Civil de Tráfico durante la mañana y el mediodía, pese a tratarse de uno de los puntos negros más previsibles de la red viaria aragonesa.

La congestión no se quedó solo en la N-330. El propio casco urbano de Sabiñánigo terminó colapsado: calles de entrada y salida hacia la autovía saturadas, rotondas bloqueadas y vecinos atrapados en un atasco que no era solo turístico, sino cotidiano.
Ir a trabajar, hacer un recado o simplemente cruzar la localidad se convirtió en una pequeña odisea.

El resultado fue un cuadro que se repite demasiado a menudo: conductores agotados, familias con niños pequeños atrapadas en el coche, furgonetas y camiones mezclados con turismos, y la sensación de que el sistema aguanta porque la gente tiene paciencia, no porque la infraestructura esté a la altura.

Lo ocurrido estos días no es un accidente aislado ni una sorpresa meteorológica. Es la consecuencia lógica de mezclar una infraestructura insuficiente, obras mal digeridas y una planificación pobre en fechas críticas. Cada puente, cada inicio de temporada de esquí y cada operación retorno se sigue el mismo patrón. No hablamos de un imprevisto; hablamos de un problema estructural que lleva años sobre la mesa.

La conclusión es sencilla y a la vez demoledora: ni ir ni volver del Pirineo debería ser una aventura, y sin embargo lo es demasiado a menudo. Los visitantes cumplen: llenan hoteles, consumen en bares y tiendas, pagan forfaits y peajes de tiempo en la carretera. Pero la otra parte del contrato, la de garantizar accesos dignos por parte del Gobierno de España y una gestión razonable de los picos de tráfico con operativos de la Guardia Civil, sigue quedando a deber.

Si año tras año el embudo de Lanave y Sabiñánigo estalla al primer puente, dejar de mirar hacia otro lado es más que una cuestión de comodidad: es una cuestión de modelo. Porque el Pirineo no puede venderse como destino de primer nivel con carreteras de segunda… y operativos de tercera.

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