En Zaragoza todavía suena una campana para guiar a los perdidos: la leyenda de la iglesia de San Miguel
En Zaragoza abundan los grandes hitos históricos, pero también pequeñas historias que se han transmitido de generación en generación y que han terminado por convertirse en parte de la identidad de la ciudad. Una de las más curiosas está ligada a la iglesia mudéjar de San Miguel de los Navarros, en la actual plaza de San Miguel.
Este templo, que recibió su nombre por la aparición del arcángel San Miguel a las tropas navarras que asediaban la ciudad musulmana, también fue escenario de la boda de los padres de Francisco de Goya. Sin embargo, si hay un relato que ha sobrevivido con fuerza hasta nuestros días es el de la Campana de los Perdidos.
Una Zaragoza rodeada de nieblas y maleza
En el siglo XVI, la plaza de San Miguel marcaba los límites de Zaragoza. Más allá, el río Huerva separaba la ciudad de las huertas y del caserío de Montemolín. A diario, campesinos y leñadores cruzaban la ribera para trabajar sus campos o recoger madera que después vendían en la plaza. El paisaje, sin embargo, no era amable: cañaverales que doblaban la altura de una persona, maleza densa y sendas que hacían del regreso al anochecer un auténtico desafío.
Los inviernos eran todavía más complicados. La humedad del Huerva generaba densas nieblas, las jornadas de trabajo terminaban con la luz justa y, sin alumbrado público, muchos se desorientaban al volver a la ciudad. Perderse en esas condiciones suponía algo más que un contratiempo: el frío nocturno podía ser mortal.
La tragedia de 1529 y la solución del campanario
En el duro invierno de 1529, un labriego halló en la orilla del río los cuerpos sin vida de dos mujeres que habían intentado regresar a Zaragoza. Murieron abrazadas, en un intento desesperado de darse calor. El suceso conmocionó al vecindario y al clero de San Miguel, que buscó una solución para evitar nuevas tragedias.
Primero se ideó un faro improvisado: un fuego con espejos colocado en lo alto del campanario para guiar a los extraviados. Pero una fuerte tormenta lo destruyó poco después. Entonces se tomó una medida más práctica: hacer sonar las campanas de San Miguel desde el anochecer hasta la medianoche, cada media hora, para que el sonido guiara a los perdidos hacia la ciudad. El ayuntamiento lo aprobó y hasta se habilitó una pequeña estancia en la torre para el campanero encargado de tocar en las gélidas noches invernales.
Una tradición que sobrevivió siglos
La costumbre se afianzó y pronto la campana recibió el apodo popular de “los perdidos”. En 1725 la frecuencia se redujo: dejó de sonar cada media hora y pasó a hacerlo cada hora, a las 21:00h en invierno y a las 22:00h el resto del año.
El tañido solo se interrumpió durante los Sitios de Zaragoza, en la Guerra de la Independencia, pero después volvió a recuperarse. A finales del siglo XIX la función de guía ya no era necesaria: los cañaverales habían desaparecido y la ciudad había crecido. Aun así, la campana siguió sonando como símbolo de una tradición que se resistía a desaparecer. Finalmente, cayó en desuso a comienzos del siglo XX.
De la leyenda a la actualidad
Con la restauración de la iglesia a finales del siglo XX se recuperó también la tradición. Hoy en día, la Campana de los Perdidos sigue sonando cada noche. Lo hace de manera simbólica: 33 campanadas alrededor de las 22:05 horas. Ya no cumple la función de orientar a quienes regresan a Zaragoza, pero sí la de mantener viva una de las leyendas más entrañables de la ciudad.
La campana actual, de 67 centímetros de diámetro y unos 180 kilos de peso, no es la original, aunque conserva grabados e inscripciones. El sonido que emite es, sin embargo, el mismo que durante siglos guio a cientos de zaragozanos en medio de la niebla y la oscuridad.