Antes de que la Virgen del Pilar lo 'eclipsara' todo: ¿cuál era la devoción de Zaragoza?
Durante siglos, antes de que el pilarismo prendiera con fuerza en la conciencia colectiva, Zaragoza veneró con un fervor masivo a Santa Engracia y a los Innumerables Mártires.
La huella de esta devoción —a caballo entre el dato histórico, la tradición literaria y la memoria litúrgica— explica una parte esencial de la identidad cristiana de la ciudad, hoy eclipsada por el magnetismo universal de la Virgen del Pilar. Un repaso a fuentes, fechas y vestigios permite reconstruir la centralidad que tuvo Santa Engracia en el culto zaragozano hasta bien entrado el siglo XV.
Un concilio, una fiesta y un relato fundacional
El 3 de noviembre de 592, el II Concilio de Zaragoza instituyó la fiesta de los Innumerables Mártires, diferenciándola de la celebración del 16 de abril (Santa Engracia y compañeros).
A esa altura, la Iglesia hispana ya había fijado un calendario con fuerte acento en el culto a los mártires locales, y la capital del Ebro atesoraba una tradición singular: la de las “Santas Masas”, conjunto de cenizas y huesos asociados a los cristianos ejecutados en la persecución de Diocleciano (inicios del siglo IV).
La literatura piadosa —con ecos en Prudencio y atribuciones discutidas a san Braulio— relata que Daciano, autoridad romana (de existencia no documentada), habría permitido salir de la ciudad a los cristianos, para hacerlos ejecutar después en la puerta Cinegia, a la altura de lo que siglos más tarde sería la Cruz del Coso y, hoy, el Monumento a los Mártires en la plaza de España. Para impedir el culto a los restos, mezclaron sus cuerpos con los de delincuentes y los quemaron; una lluvia milagrosa separó ambos conjuntos, dando origen a las Santas Masas y a un lugar de veneración que marcaría el urbanismo sagrado de Zaragoza.
Santa Engracia, mártir y “seña” de la ciudad
En este marco se inscribe la figura de Santa Engracia, mártir lusa de Bracara Augusta (hoy Braga, Portugal), cuya pasión sitúan las tradiciones en Caesaraugusta durante la oleada persecutoria. El relato más difundido refiere que, tras interceder por los cristianos ante Daciano, Engracia y su séquito sufrieron tormentos públicos: flagelaciones, arrastres, uñas de hierro, amputaciones y, finalmente, un clavo en la frente que habría provocado la muerte.
Más allá de la literalidad hagiográfica, el núcleo histórico —la existencia de un grupo de protomártires locales y de una devoción arraigada— es ampliamente admitido por historiadores y liturgistas.
Zaragoza hizo de Engracia su máxima devoción. No en el sentido mariano actual, sino como figura femenina santificada que articulaba procesiones, aniversarios y arquitectura sacra. Sobre una antigua necrópolis cristiano-romana se consolidó un culto que atravesó la Alta Edad Media, sobrevivió a convulsiones políticas y dejó huellas perdurables.
Del oratorio mozárabe al gran monasterio jerónimo
Sobre ese solar se levantó una iglesia mozárabe que, a finales del siglo XV, sería sustituida por el Real Monasterio Jerónimo de Santa Engracia. Las crónicas sitúan en ese enclave un foco cultural de primera línea, citado por Jerónimo Zurita y Jerónimo Blancas. En el siglo XV, con el empuje del arzobispo Dalmau de Mur, el complejo vivió una gran remodelación que culminó en 1468 con el impulso del rey Fernando II de Aragón (el Católico). El resultado fue una obra mayor del plateresco que equiparaban en ambición (salvando distancias) a hitos como los Jerónimos de Lisboa.
De aquella grandeza quedan hoy testimonios fragmentarios. Durante los Sitios de Zaragoza (Guerra de la Independencia), la noche del 13 al 14 de agosto de 1808, una mina francesa destruyó buena parte del monasterio. La portada sobrevivió muy dañada; piezas escultóricas y restos se dispersaron entre museos y pérdidas irrecuperables. Solo resistieron la cripta —con sarcófagos paleocristianos y un retablo escultórico—, un paño mudéjar en la calle Hernando de Aragón y la portada (luego parcialmente reconstruida).
La cripta se reabrió al culto el 7 de julio de 1819, bajo la dirección de José de Yarza Lafuente. El templo superior se reconstruyó desde 1891 con proyecto de Mariano López y se inauguró el 16 de abril de 1899. Ya en 1991-1993, el Gobierno de Aragón y la parroquia afrontaron una restauración de fachada. A pesar de los golpes del tiempo, Santa Engracia sigue siendo un archivo de piedra de la devoción primigenia de Zaragoza.
Liturgia y memoria: del 3 de noviembre a la reforma diocesana
La fiesta de los Innumerables Mártires del 3 de noviembre —instituida en 592— se mantuvo siglos como seña litúrgica de la diócesis. El rito mozárabe aún conserva misa propia, mientras que el calendario diocesano reformado en 1999 sustituyó esa conmemoración por la de Santa Engracia y los protomártires de Zaragoza, gesto que actualiza el foco sin borrar el sustrato martirial.
En paralelo, la literatura religiosa siguió alimentando la memoria: Prudencio dedicó versos a los mártires; las actas y pasiones circularon con versiones y glosas. El resultado fue una devoción transversal, sostenida por confraternidades, templos y rituales que identificaban a la ciudad tanto como hoy lo hace el Pilar.
1434: el giro pilarista y el ascenso de Santa María la Mayor
Si la tradición pilarista remite a la aparición de la Virgen a Santiago el 2 de enero del año 40, lo cierto es que el culto popular a la Virgen del Pilar se disparó en 1434. La visita de doña Blanca de Navarra, esposa de Juan II de Aragón, para agradecer una curación atribuida a la intercesión de la Virgen sobre la columna, funcionó como catalizador.
Se impulsó su culto conforme a las corrientes europeas de la época, se reconstruyó y fortaleció el templo a orillas del Ebro (sobre antiguas capillas que habían sobrevivido a la dominación musulmana) y creció la red de cofradías y fiestas.
En 1118, tras la reconquista de Zaragoza por Alfonso I el Batallador, se había proyectado una iglesia románica dedicada a Santa María la Mayor en el solar pilarista; riadas y avatares del Ebro forzaron reparaciones en el siglo XIII. Pero es en el Quattrocento cuando la devoción mariana gana masa crítica. Con el tiempo, en el siglo XVII, la Corona reconocerá formalmente a la Virgen del Pilar como patrona de Zaragoza, consolidando un trasvase de centralidad simbólica que no borró a Santa Engracia, pero sí la desplazó a un segundo plano.
Dos devociones que se hablan: continuidad, no ruptura
Leída en perspectiva, la historia no es un reemplazo abrupto, sino un solapamiento. Santa Engracia y los protomártires fijaron las raíces del cristianismo zaragozano: un culto a la memoria de los que dieron la vida por la fe; un lugar, la necrópolis; y un relato que dotó a la ciudad de patrones de identidad. El Pilar aportó un símbolo total —columna, templo, ciudad y, más tarde, Hispanidad— capaz de proyectar Zaragoza al mundo.
La liturgia preservó ambas memorias; la arquitectura las plasmó en piedra; y el calendario las separó en fechas distintas. Pero ninguna puede entenderse sin la otra: el culto mariano bebe del humus martirial; y Santa Engracia encuentra eco en la piedad mariana posterior.
Santa Engracia hoy: la cripta, las piezas y el relato
Quien desciende a la cripta de Santa Engracia entra en un tiempo más antiguo que el de las cúpulas barrocas del Pilar. Sarcófagos paleocristianos, relieves y piedras hablan de una Zaragoza subterránea, donde la memoria se escribe en mármol. La portada reconstruida recuerda la vocación monumental del desaparecido monasterio jerónimo; el paño mudéjar evoca la mezcla cultural que define la ciudad; y el retablo es un catecismo esculpido.
En esa suma, 1434 aparece como fecha bisagra: el pilarismo se populariza, se institucionaliza y viaja —con la historia de 1492 como telón de fondo— hacia el imaginario de la Hispanidad. Engracia, por su parte, permanece como testigo de los orígenes, madre de un culto que hizo ciudad y pedagogía de la fe.
Zaragoza es única por poder contar dos grandes relatos devocionales que se entrelazan: el martirio (Santa Engracia y los Innumerables) y la presencia (la Virgen sobre el Pilar). Ambos definieron calendarios, arquitecturas y lenguajes; ambos sobrevivieron a guerras, riadas y cambios; ambos siguen vivos. Al recordar que hasta 1434 la devoción mayoritaria miraba a Santa Engracia, la ciudad no corrige su memoria, la completa.

