El curioso caso del tren que llegó antes que la electricidad a Zaragoza
Hubo un tiempo en que Zaragoza olía a carbón, sonaban locomotoras y las calles aún se iluminaban con faroles de gas. A mediados del siglo XIX, la capital aragonesa ya estaba conectada por tren con Barcelona, pero pasaría más de 30 años hasta que la ciudad viera brillar la luz eléctrica. Una paradoja histórica que revela cómo la revolución industrial llegó a Aragón sobre raíles antes que sobre cables.
Los trenes llegaron antes que la luz
El 18 de septiembre de 1861 se inauguró el tramo ferroviario Lérida–Zaragoza, perteneciente a la línea que unía la capital aragonesa con Barcelona. Aquella jornada fue todo un acontecimiento: locomotoras decoradas, discursos solemnes y un público fascinado por aquel monstruo de hierro capaz de recorrer en horas lo que antes costaba días.
El ferrocarril transformó la ciudad. Facilitó el comercio, acercó las mercancías del puerto de Barcelona y, sobre todo, cambió la forma de viajar. En una época en que el alumbrado urbano aún dependía de las lámparas de gas y el aceite, los zaragozanos ya podían desplazarse en tren hasta la costa catalana o, poco después, a Madrid y Francia.
Solo tres años después, en 1864, el ramal Tardienta–Huesca extendió la red hacia el norte, integrando a la capital altoaragonesa en el mapa ferroviario. Zaragoza se convertía así en un nodo esencial del transporte peninsular, una condición que marcaría su desarrollo urbano durante las décadas siguientes.
Cuando el gas cedió paso a la electricidad
No fue hasta 1894 cuando Zaragoza encendió por primera vez sus farolas eléctricas. Ese año, dos compañías pioneras —Electra Peral Zaragozana y la Compañía Aragonesa de Electricidad— comenzaron a suministrar corriente a algunos puntos del centro urbano.
El estreno coincidió con las Fiestas del Pilar: por primera vez, la Plaza del Pilar y la Seo brillaron con luz eléctrica. La energía se generaba en la central de Casablanca, aprovechando el caudal del Canal Imperial de Aragón. Literalmente, el agua se convirtió en luz.
Hasta entonces, las calles se iluminaban con gas desde 1865, y el proceso de sustitución fue gradual. Los cronistas de la época cuentan que los vecinos se detenían a contemplar las bombillas encendidas, asombrados por una claridad que parecía mágica.
Una ciudad entre la tradición y la modernidad
En ese mismo cambio de siglo, Zaragoza se encontraba entre dos mundos. Por el día, los tranvías tirados por mulas recorrían el Coso y el Paseo de la Independencia y por la noche, el gas aún alumbraba las fachadas mientras en el teatro Principal se experimentaba con los primeros focos eléctricos.
El tranvía eléctrico no llegaría hasta 1902, y la ciudad tardaría algunos años en extender la electricidad a todos los barrios. Pero el paso dado en 1894 fue decisivo: inauguró una etapa de modernidad que culminaría con la creación de Eléctricas Reunidas de Zaragoza (ERZ) en 1911.
Una Zaragoza que cambiaba para siempre
Cuando se encendieron las primeras farolas eléctricas, todavía no existían los coches ni el cine. El primer automóvil en circular por la ciudad lo haría hacia 1903, y las proyecciones cinematográficas no llegarían hasta 1896. En apenas treinta años, Zaragoza pasó de moverse en tren de vapor y alumbrarse con gas, a tener luz eléctrica, tranvía moderno y fábricas mecanizadas.
El curioso caso del tren que llegó antes que la electricidad resume, en realidad, una época de transformaciones aceleradas. La ciudad que había conocido el silencio de los candiles pasó a escuchar el zumbido de los generadores. Y con ello, comenzó una nueva era.