El lenguaje secreto del Hogar Pignatelli: así hablaban los niños que crecieron en la Zaragoza del siglo XX

Un argot único, lleno de motes, expresiones propias y códigos internos, marcó la vida de miles de menores acogidos en uno de los lugares más simbólicos de la ciudad.
Diseño sin título - 2025-12-02T104230.041
Imagen: Fondo documental del Hogar Pignatelli

Durante gran parte del siglo XX, el Hogar Pignatelli fue uno de los espacios más singulares y desconocidos de Zaragoza. Entre sus muros altos, sus patios enormes y sus salas organizadas como pequeños mundos independientes, se criaron miles de niños y niñas huérfanos o sin recursos. Era, en palabras de los propios antiguos alumnos, una familia grande, donde “no había de nada, pero tampoco faltaba de nada”. Allí se estudiaba, se comía, se trabajaba en talleres y se compartía la infancia con una intensidad que marcaba para siempre.

En ese universo cerrado nació algo fascinante: un lenguaje propio, lleno de expresiones inventadas, palabras transformadas y motes que se transmitían casi como un legado. Un argot que no solo servía para comunicarse; también reforzaba la identidad de quienes crecieron en la Casa, diferenciándolos del resto de la ciudad.

Hoy, cuando el edificio alberga la sede del Gobierno de Aragón, ese “idioma” especial se ha convertido en un testimonio emocional de una época irrepetible en la historia de Zaragoza.

Un idioma nacido de la convivencia extrema

En el libro Historia y vida cotidiana del Hogar Pignatelli, se recoge cómo este lenguaje fue surgiendo de forma natural entre los muchachos. La convivencia de cerca de mil personas —chicos, chicas, monjas, educadores y trabajadores— hizo inevitable la creación de un código interno. Las expresiones tenían un sentido práctico, pero también emocional: servían para protegerse, identificarse y crear comunidad.

Términos como: Al bilila: el grito para avisar de que algo se lanzaba al aire y quien quisiera, que lo cogiera, Avi avi: aviso urgente ante la llegada de una monja o un peligro, Chola: una bofetada limpia y contundente, Porción: el trozo de chocolate que se daba para merendar y Arroz femera: el arroz espeso poco apetecible que muchos recuerdan con humor.

Cada palabra tenía un significado preciso, imposible de comprender fuera de aquel entorno. Era un vocabulario que nacía desde la necesidad: del juego, de la disciplina, de la picaresca y del día a día de una institución que funcionaba como una auténtica ciudad dentro de la ciudad.

Los motes: identidad, humor y memoria

Pero si algo destaca en la memoria colectiva del Hogar Pignatelli son los motes. Apodos ingeniosos, a veces crueles, casi siempre afectuosos, que se convertían en una segunda identidad. En muchos casos, estos motes eran incluso heredados: si el portador abandonaba la Casa, el apodo pasaba automáticamente a otro chico.

El listado recuperado es tan amplio como pintoresco: Cara Chiste, Bocachas, Fumanchú, Chuchín, Matamonjas, El Lunica, Gamba, Calavera, Casetas, Carasucia

Lo sorprendente es que, salvo contadas excepciones, nadie se ofendía. Formar parte de ese universo implicaba aceptar el mote como un sello de identidad. Algunos reflejaban rasgos físicos, otros el carácter, otros el pueblo de procedencia. Era un mapa social completo.

Un código emocional para sobrevivir y crecer

El lenguaje y los motes del Hogar Pignatelli iban más allá de la anécdota. Eran un mecanismo de pertenencia en una realidad donde las carencias materiales convivían con una sorprendente fortaleza emocional.

En un contexto social duro —la posguerra, la escasez, la disciplina férrea— los niños y niñas de la Casa crearon un refugio lingüístico que les permitió reforzar la amistad, identificar a los suyos y sentirse parte de algo mayor.

Muchos de ellos, hoy profesionales de prestigio, recuerdan ese vocabulario con orgullo y nostalgia. Cada palabra es un pedazo de historia oral de Zaragoza, un patrimonio intangible que desvela cómo se vivía la infancia en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad.

La última huella de un mundo que desapareció

Cuando el edificio se transformó en sede del Gobierno de Aragón, la vida interna del Hogar llegó a su fin. Pero su lenguaje, sus motes y sus expresiones sobreviven en quienes los vivieron. Son, al mismo tiempo, memoria personal y memoria colectiva.

Un recordatorio de que Zaragoza también se construye desde historias pequeñas y voces que crecieron al margen del bullicio urbano. Hoy, rescatar ese argot único es una forma de entender mejor la ciudad, su pasado y la humanidad que habitó tras los muros del Pignatelli.

Comentarios