Ni romana ni musulmana: la época más desconocida de Zaragoza y su poder cultural de la Europa medieval

En el siglo VII, cuando Europa vivía en la oscuridad cultural, los obispos de Zaragoza crearon una de las bibliotecas más importantes de Occidente.

Hay una época de la historia de Zaragoza que casi nadie conoce y que, sin embargo, explica muchas cosas de lo que vino después. No es la romana, que dejó el teatro, las termas y la muralla. Tampoco la árabe ni la medieval cristiana. Es la visigoda, ese periodo que va del siglo V al VIII y que suele aparecer en los libros de historia como un paréntesis oscuro entre la caída de Roma y la llegada del islam. Un paréntesis que, en el caso de Zaragoza, estuvo lejos de ser oscuro.

De Cesaraugusta a la ciudad visigoda

Para entender la Zaragoza visigoda -o también llamada Cesaracosta o Saracosta- hay que retroceder un poco más. La ciudad no empezó con los visigodos: la fundaron los romanos en el año 14 antes de Cristo con el nombre de Cesaraugusta, en honor al emperador Augusto. Era una ciudad de primer orden: tenía foro, teatro, termas, cloacas, puerto fluvial sobre el Ebro, un puente y una imponente muralla. Su posición estratégica en el valle del Ebro, cruce de caminos entre la Galia y el interior peninsular, la convirtió en una de las urbes más importantes del noreste de la Península.

A finales del siglo III llegó el cristianismo, y con él una transformación profunda. Las persecuciones dejaron mártires como santa Engracia y los llamados Innumerables Mártires de Zaragoza, figuras cuyo recuerdo organizó un complejo religioso y cultural que reforzó el peso de la Iglesia en la vida de la ciudad. Cuando el Imperio reconoció la libertad de cultos, Zaragoza ya era una sede episcopal consolidada.

Los visigodos llegaron después. Su historia es larga y complicada: origen escandinavo, migración hacia el este de Europa, relación con Roma primero como enemigos y luego como aliados, y protagonismo creciente a medida que el Imperio se desmoronaba.

Tras el saqueo de Roma por Alarico en el 410 y la instalación de Ataúlfo en Hispania, los visigodos fueron asentándose en la Península hasta construir un reino propio. Eurico incorporó Zaragoza a su dominio en el 472, y desde entonces la ciudad fue una pieza clave del poder visigodo en el norte peninsular.

La ciudad que resistió y brilló

No fue un camino fácil. Zaragoza sufrió asedios, conflictos con francos, suevos, bagaudas y bizantinos, y las tensiones propias de un reino que tardó en estabilizarse. Pero la ciudad resistió. Su muralla era sólida, su Iglesia era poderosa y su posición geográfica la hacía demasiado valiosa para perderla. En el 541, cuando los francos la asediaron, Zaragoza aguantó. Esa resistencia reforzó su prestigio político y militar.

Lo que vino después fue todavía más sorprendente. Mientras gran parte de Europa vivía lo que los historiadores llaman la Alta Edad Media —un periodo de retroceso urbano, pérdida del saber clásico y empobrecimiento cultural generalizado— la Hispania visigoda se convirtió en una excepción relativa. Y dentro de esa excepción, Zaragoza brilló con luz propia.

El siglo de oro de los obispos eruditos

El momento cumbre llegó en el siglo VII. En esa centuria, Zaragoza albergó una sucesión de obispos eruditos que transformaron la ciudad en uno de los grandes focos intelectuales de Occidente. Sus nombres no son conocidos fuera de los círculos académicos, pero su importancia fue enorme: Máximo, Juan II, Braulio, Eugenio y Tajón.

El más importante de todos fue Braulio, obispo de Zaragoza entre el 631 y el 651 aproximadamente. Su figura merece un párrafo aparte. Braulio fue amigo y colaborador directo de san Isidoro de Sevilla, el gran enciclopedista de la Antigüedad tardía, y desempeñó un papel capital en la organización y difusión de las Etimologías, la obra más influyente de la cultura hispanorromana y uno de los libros más copiados de la Edad Media. Sin Braulio, las Etimologías probablemente no habrían llegado a nosotros de la misma forma.

Pero Braulio no era solo un intermediario. Mantuvo correspondencia activa con reyes, obispos y nobles de toda la Península, participó en concilios y convirtió la biblioteca episcopal de Zaragoza en un tesoro intelectual sin parangón en la Europa de su tiempo. Una biblioteca que conservaba y copiaba textos clásicos cuando en el resto del continente esos mismos textos se perdían para siempre.

Junto a Braulio, Eugenio de Toledo y Tajón completaron un trío de figuras vinculadas a la escuela zaragozana cuya producción teológica, literaria y musical consolidó el prestigio de la ciudad. Eugenio destacó especialmente en la poesía latina, mientras que Tajón emprendió un viaje a Roma para copiar obras de Gregorio Magno que no existían en Hispania. Ambos habían pasado por Zaragoza antes de alcanzar sus cargos más relevantes.

Una herencia que duró siglos

La época visigoda terminó de forma abrupta con la conquista árabe de principios del siglo VIII. Pero su herencia no desapareció. El modelo de reino independiente con leyes propias que los visigodos construyeron en la Península dejó una huella profunda en las instituciones medievales. El Fuero Juzgo, el código legal visigodo, estuvo vigente en algunos territorios hasta la aparición del Código Civil en el siglo XIX. La configuración religiosa, política y cultural que los visigodos imprimieron en Hispania modeló de forma decisiva lo que vino después.

Para Zaragoza, ese legado es parte de una historia que merece ser más conocida. La ciudad que hoy vemos —con su Basílica del Pilar, su casco histórico, su Ebro— se construyó sobre capas de historia que van mucho más atrás de lo que solemos imaginar. La Cesaraugusta romana y la Zaragoza visigoda son dos de esas capas. Y la segunda, al menos durante el siglo VII, fue una de las más brillantes de toda Europa occidental.

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