Perfil | Felipe Sanz, el empresario detrás de Zaragoza Urbana que 'construye' la ciudad en silencio

La trayectoria de uno de los nombres más influyentes -en la sombra- del tejido económico zaragozano.

Felipe Sanz lleva su vida empresarial con la misma discreción con la que ha levantado, casi en silencio, algunos de los grandes emblemas urbanos de Zaragoza. No hay alardes, no hay frases grandilocuentes: hay un empresario que habla de su ciudad en presente y en futuro, que vuelve una y otra vez a una idea fija: hacer cosas que le gustan, en lugares que le gustan.

Ese modo de entender la empresa y la vida resume la trayectoria de uno de los nombres más influyentes -en la sombra- del tejido económico zaragozano.

Poco amigo de los focos, de la sobreexposición o de la notoriedad mediática, Felipe Sanz ha construido una de las historias empresariales más sólidas de Aragón a través de Zaragoza Urbana, un grupo familiar que lleva tres generaciones apostando por la ciudad con una visión que combina prudencia, ambición y una profunda lealtad a su origen. Recientemente, una entrevista en Aragón TV levantó la atención de aquellos no sabían quién estaba detrás de Zaragoza Urbana, una de las empresas con más arraigo y solera en la ciudad.

Un apellido ligado al cine… y a la ciudad

La historia de Felipe Sanz no se entiende sin la de Zaragoza Urbana, la compañía que dirige junto a sus hermanos y que durante décadas fue sinónimo de cine en la capital aragonesa. Los Sanz Portolés construyeron un verdadero imperio de pantallas cuando la exhibición cinematográfica vivía su edad dorada: llegaron a gestionar una treintena de salas con nombres que hoy evocan toda una época —Coso, Rex, Palafox— y que marcaron la vida cultural de varias generaciones de zaragozanos.

En aquellos años, ir al cine era, en buena medida, ir a los cines de los Sanz Portolés. Zaragoza Urbana dominaba el mapa del ocio y la cultura en la ciudad. Pero mientras muchos empresarios del sector se aferraban a esa etapa de esplendor, Felipe Sanz supo leer los signos de los tiempos. La transformación urbana, el auge del turismo y los cambios en los hábitos de consumo pedían una nueva mirada, y el grupo familiar decidió adelantarse a ese futuro.

De las butacas a las sábanas de hotel

El paso del cine a la hotelería fue, más que un salto, una evolución natural. Con la marca Palafox Hoteles, Zaragoza Urbana comenzó a tejer una red de establecimientos de cuatro y cinco estrellas que redefinieron el concepto de alojamiento en la ciudad. El Palafox, el Goya, el Alfonso o el Reina Petronila no son solo hoteles; son espacios con alma, que combinan funcionalidad, elegancia y un sentido claro de pertenencia urbana.

En todos ellos hay un mismo hilo conductor: el compromiso con la calidad. No se trata solo de ofrecer un servicio excelente, sino de integrarse en la trama de la ciudad, de contribuir a su estética y a su dinamismo. “Hago las cosas que me gustan en los sitios que me gustan”, dijo una vez Sanz en una entrevista al Diario de Cádiz. Una frase que podría funcionar como lema vital y empresarial.

De hecho, Cádiz es la única ciudad fuera de Aragón en la que Zaragoza Urbana ha desplegado su actividad. Allí, en primera línea de playa, gestionan desde hace décadas el Hotel Playa Victoria, un establecimiento emblemático que mantiene la misma filosofía que en Zaragoza: proyectos con identidad, pensados para durar y disfrutar, no solo para rendir económicamente.

Aragonia: la apuesta que lo cambió todo

Si hay un proyecto que sintetiza la visión de Felipe Sanz, ese es Aragonia. Concebido junto al arquitecto Rafael Moneo, este complejo de uso mixto supuso un antes y un después en la modernización urbana de Zaragoza. Centro comercial, torres de viviendas, oficinas, cines y un hotel de cinco estrellas —el Reina Petronila— conviven en una propuesta arquitectónica que conjuga arte, comercio y vida cotidiana.

Aragonia fue, y sigue siendo, una apuesta de enorme envergadura. El proyecto exigió una inversión colosal para Zaragoza Urbana, hasta el punto de tener que refinanciar la deuda adquirida con un préstamo de cientos de millones de euros. Pero el riesgo era coherente con la vocación de ciudad: dotar a Zaragoza de un espacio contemporáneo, reconocible y con firma propia.

Hoy, más de una década después de su inauguración, Aragonia es una de las grandes puertas de entrada al siglo XXI para la capital aragonesa. Su silueta y altura, visible desde buena parte de la ciudad, es ya un símbolo de la Zaragoza moderna: cosmopolita, abierta y culturalmente viva. Detrás de ese perfil urbano late la determinación de un empresario que quiso situar a su ciudad en el mapa de la arquitectura europea.

Calidad antes que rentabilidad

En un tiempo dominado por las cuentas de resultados y la obsesión por el corto plazo, Felipe Sanz ha defendido una idea tan sencilla como rara: la rentabilidad no puede medirse solo en euros. Hay proyectos que valen la pena aunque no sean los más rentables. Quienes lo conocen destacan su obsesión por el detalle, su respeto por la historia de la ciudad de Zaragoza y su inclinación natural a la belleza y a la proporción.

En su cartera de inmuebles, Zaragoza Urbana condensa varios de los edificios más céntricos de la ciudad en el entorno del hotel Palafox. Cuenta con edificios en propiedad en la calle Antonio Valcarreres, la avenida César Augusto, el Paseo Independencia o la calle Marceliano Isábal.

Nada en su gestión responde a la lógica especulativa. Al contrario: Felipe Sanz ejerce una especie de curaduría urbana, recuperando y manteniendo vivos espacios emblemáticos de Zaragoza. Y cuando el grupo ha salido fuera, como en el caso gaditano, lo ha hecho más por afinidad que por ambición de expansión.

Esa fidelidad a su tierra, a su gente y a su manera de entender el trabajo es lo que ha consolidado la reputación de Zaragoza Urbana como una empresa solvente y con un estilo propio: un grupo que no busca el ruido, sino el legado.

Una familia de sangre valiente

Esa forma de hacer las cosas tiene raíces profundas. El abuelo de Felipe, Felipe Sanz Beneded, fue un visionario que invirtió en terrenos cuando Zaragoza apenas despuntaba como ciudad moderna. Décadas después, esos suelos —algunos expropiados durante la construcción del AVE— se convirtieron en la base patrimonial sobre la que se levantó el grupo familiar.

La historia de los Sanz Portolés, sin embargo, no se limita a la economía. En la genealogía hay también nombres que simbolizan coraje y compromiso. Ángel Sanz Briz, tío abuelo de Felipe, es conocido como el “Schindler español” por haber salvado a más de 5.200 judíos del exterminio nazi durante la Segunda Guerra Mundial, desde su puesto diplomático en Budapest. Su gesta, reconocida internacionalmente, proyecta una sombra noble que parece haber impregnado el carácter reservado y ético de sus descendientes.

Otro de los hermanos de Felipe Sanz ha ocupado puestos de máxima confianza en la Casa del Rey, llegando a ser jefe de la Secretaría de Su Majestad Juan Carlos I. Distintos caminos, pero una misma educación en la discreción, la lealtad y el sentido del deber.

El renacer del pasaje Palafox

El nuevo reto de Felipe Sanz y Zaragoza Urbana tiene un valor simbólico especial: la resurrección del pasaje Palafox, uno de los espacios más queridos —y olvidados— del corazón de Zaragoza. Ese corredor que une el paseo de la Independencia con Cinco de Marzo y la calle Cádiz fue, durante décadas, un hervidero comercial y social. Hoy, sus casi 6.000 metros cuadrados esperan una segunda vida que recupere su papel histórico.

Para Sanz, rehabilitar el pasaje no es una operación inmobiliaria más, sino un gesto de agradecimiento a la ciudad. La idea es combinar usos —comercio, restauración, ocio y cultura— y devolverle el pulso de los años 60 y 70. Donde otros verían un edificio envejecido, él ve una oportunidad de coser de nuevo el centro urbano, de enlazar pasado y futuro con la misma naturalidad con la que ha sabido transformar cines en hoteles o solares en iconos arquitectónicos.

Un legado que se confunde con la ciudad

Hoy, bajo la matriz Compañía Inmobiliaria de Inversiones, Zaragoza Urbana y Palafox Hoteles gestionan hoteles en Zaragoza y Cádiz, restaurantes, cafés, una línea de catering, inversiones inmobiliarias y el gran complejo Aragonia. Pero más allá de los números, lo que define a la familia Sanz Portolés es su forma de estar: discreta, prudente, fiel a un estilo que mezcla la tradición con la visión de futuro.

Felipe Sanz es, en esencia, un empresario que ha hecho de Zaragoza su causa. No necesita discursos: su legado se lee en la trama urbana, en los hoteles donde se hospedan artistas y empresarios, en los cines que marcaron una época y en los nuevos espacios que está preparando para la siguiente.

A sus espaldas quedan más de medio siglo de historia familiar y empresarial; delante, la promesa de seguir construyendo ciudad con la misma serenidad con la que aparece en el vídeo. Porque para él —y para su apellido— Zaragoza no es solo un lugar donde invertir: es el lugar donde vivir, donde crear, donde dejar huella.

Un hombre que, fiel a su frase, ha hecho —y sigue haciendo— las cosas que le gustan, en los sitios que le gustan.

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