El pueblo de Aragón donde viven 200 vecinos… y reciben 200.000 visitantes cada año

Sus encuentros familiares, concentraciones moteras, convivencias juveniles y festivales internacionales atraen a miles de personas cada temporada.

A orillas del embalse de El Grado, en un rincón del Alto Aragón que parece suspendido entre montañas y silencio, se encuentra uno de los fenómenos más singulares del turismo interior español: un santuario que recibe casi 200.000 visitantes al año en un municipio que apenas supera los 200 habitantes censados.

Es el caso de Torreciudad, un enclave perteneciente al término municipal de Secastilla, cuyo impacto económico y social se ha convertido en ejemplo —y a veces en quebradero de cabeza— para los vecinos del Somontano y la Ribagorza.

La cifra impresiona por sí sola: por cada vecino, llegan mil visitantes al año. Y esa desproporción marca el ritmo cotidiano de un territorio que vive entre dos realidades: la calma rural y la afluencia turística masiva que genera uno de los santuarios marianos más importantes de España.

Un santuario que mueve multitudes

Fundado en 1975 por iniciativa de Josemaría Escrivá de Balaguer, Torreciudad se consolidó desde los años 80 como uno de los centros de peregrinación más activos del país. Sus encuentros familiares, concentraciones moteras, convivencias juveniles y festivales internacionales atraen a miles de personas cada temporada.

Según datos internos del propio santuario, la afluencia anual oscila entre 170.000 y 220.000 visitantes, con picos en verano y durante la tradicional Jornada Mariana de la Familia, uno de los actos religiosos más multitudinarios de Aragón.

Esta llegada constante de peregrinos y turistas ha configurado una microeconomía particular, que combina hostelería rural, turismo religioso y actividades ligadas a los deportes náuticos del embalse.

El impacto en los pueblos del entorno: economía, oportunidades… y tensiones

Aunque Torreciudad no es un pueblo en sí mismo, la actividad que genera afecta directamente a localidades del entorno como Secastilla, El Grado, Abizanda, La Puebla de Castro o incluso Barbastro, a 20 kilómetros.

Para muchos negocios, el santuario es su principal fuente de ingresos. Bares, restaurantes, alojamientos rurales, gasolineras o tiendas de productos locales dependen de estas visitas. “Aquí vivimos de las temporadas altas. Cuando hay jornadas en Torreciudad, lo notamos todos”, explican hosteleros de El Grado.

Los pisos turísticos han proliferado en los últimos años y hoy son más numerosos que nunca, especialmente en verano. Pero esta economía expansiva también tiene su cara B. Algunos vecinos señalan que ciertos fines de semana “no queda ni una cama libre”, lo que eleva los precios y genera tensiones con los habitantes fijos, que ven limitada la oferta de alquiler para residencia habitual.

En municipios con apenas cien o doscientos habitantes, la llegada de autobuses, caravanas y vehículos particulares provoca impactos logísticos constantes: desde la saturación de aparcamientos hasta problemas puntuales de tráfico en carreteras pequeñas.

Un motor contra la despoblación

El fenómeno de Torreciudad ha sido objeto de estudio en diversas ocasiones por su capacidad para generar empleo y actividad en comarcas afectadas por el envejecimiento poblacional y la pérdida progresiva de habitantes.

Aunque el santuario no ha logrado frenar la despoblación estructural del territorio, sí ha permitido que muchos jóvenes encuentren trabajo temporal o estable en sectores como la hostelería, restauración, limpieza y mantenimiento. Además, ha favorecido la llegada de empresas dedicadas al turismo activo, rutas de bicicleta eléctrica, actividades náuticas o guías especializados.

Sin embargo, algunos expertos apuntan que la economía basada en eventos y picos de afluencia no siempre garantiza continuidad. “Torreciudad es un gigante para un territorio pequeño, y eso tiene ventajas y dificultades. Lo mueve todo, pero lo condiciona todo”, resume un técnico comarcal que trabaja en el área de desarrollo local.

Más allá de la actividad religiosa, el entorno de Torreciudad ha encontrado un filón en el turismo de naturaleza. Las vistas desde el santuario hacia el embalse, la carretera panorámica que asciende entre bosques y los miradores sobre los Pirineos conforman una de las estampas más conocidas del Somontano.

En los últimos años, los planes estratégicos de la zona han apostado por diversificar el visitante: familias que buscan tranquilidad, aficionados a la fotografía, cicloturistas y turistas culturales. La presencia de bodegas de D.O. Somontano, además, ha ayudado a conectar el santuario con rutas enoturísticas de gran demanda.

Secastilla, el municipio al que pertenece Torreciudad, ronda los 180-220 habitantes, dependiendo del año. Siempre menos que los visitantes que llegan en un solo día de gran celebración. Mientras tanto, la realidad sigue siendo la misma: en un rincón de Aragón donde el silencio y la espiritualidad es ley, los fines de semana llegan miles de personas atraídas por un santuario que ha convertido un territorio diminuto en un lugar inmenso. Un sitio donde viven 200 vecinos… pero llegan 200.000 fieles.

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