Opinión I La política, el Mundial de 2030 y un Real Zaragoza en el pozo; por Álvaro Sierra

El zaragocismo necesita a un padre y a una madre en el peor momento de su vida. No quiere estar huérfano ni abandonado. Quien toma las decisiones debe dar la cara, pedir disculpas y ponerse del lado de toda su afición.
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La Nueva Romareda en construcción, hace pocos días / Obras Romareda

Dice en las páginas de este periódico Víctor Serrano, consejero de Urbanismo de Zaragoza, que “Zaragoza está triste”. Y tiene razón. Lo está. Se percibe en la calle, en los bares, en cualquier sobremesa. Es la conversación de cualquier rutina en la ciudad. Se percibe incluso en quienes dejaron de ir al estadio hace tiempo porque ya no soportaban el ritual de la decepción. La ciudad está triste porque el Real Zaragoza está roto. Y cuando el Real Zaragoza se rompe, Zaragoza entera baja la mirada.

El club duerme colista. En descenso directo. En caída libre. Y con un riesgo que ya no es teórico ni apocalíptico ni exagerado: bajar a Primera RFEF. Es decir, salir del fútbol profesional. Eso, dicho de otro modo, sería la mayor catástrofe deportiva e institucional de los casi 100 años de historia del Real Zaragoza. Nunca, desde 1932, el club había estado tan cerca del abismo competitivo y tan lejos de sí mismo.

Y ese es el drama de fondo, el que late detrás de todo lo demás: detrás de las ruedas de prensa llenas de palabras huecas, detrás de los nombres en los despachos —Fernando López, Mariano Aguilar, los directores deportivos que van cayendo uno tras otro— y detrás, sobre todo, de una propiedad que opera a distancia, con Jorge Mas como cara visible y un grupo inversor que parece medirlo todo en base a un Excel menos lo único que aquí no se puede medir en Excel: el latido de una ciudad.

Porque no tiene que caber duda: la actual propiedad ha sido excesivamente diligente con la situación financiera y patrimonial del Real Zaragoza. Las cifras son tozudas y los datos reales. Una menor deuda en pocos años y una mayor fortaleza financiera. Pero eso no es sólo es el fútbol moderno.

La ciudad está tocada. No porque se pueda parar la obra del campo. Eso, asegura Serrano en este periódico, “no corre peligro”. Ni la solvencia de la sociedad que está levantando el estadio, ni los plazos vinculados al Mundial 2030. Las tres ideas son intocables. Lo que está en riesgo no es el hormigón de la nueva Romareda. Lo que está en riesgo es el alma. Y esa diferencia, que parece poética, es exactamente política. 

Siendo claros: ahora mismo hay dos Zaragozas que conviven a la fuerza. Una es la Zaragoza del Mundial. La Zaragoza que lleva meses vendiéndose como ciudad sede en 2030, la Zaragoza que se promociona ante el mundo como capital de un gran evento global. Una Zaragoza que se imagina proyectada en pantallas de todos los continentes, con un estadio nuevo, moderno, digno por fin de una ciudad que aspira a jugar en primera división económica, aunque su equipo vaya arrastrándose por la parte más baja de la segunda división deportiva.

Y luego está la otra Zaragoza. La de estos días. La del estadio modular y las derrotas dolorosas. La de una afición agotada que ya no pide soñar con Europa, ni siquiera pide ascender este año. Pide algo mucho más básico: no morir. No desaparecer como club de élite. No cruzar la línea que separa el desastre deportivo de la irrelevancia histórica.

Es incómodo decirlo, pero ahora mismo esas dos Zaragozas chocan. La primera necesita relato: Zaragoza, sede mundialista, ciudad que crece, ciudad a la que llegan inversiones, ciudad que presume de proyecto urbano y de músculo logístico e industrial. Eso es lo que repiten el Ayuntamiento y el Gobierno de Aragón, y no sin motivos.

Ese discurso es, en parte, verdad. La Romareda nueva está en marcha. El Mundial 2030 está comprometido. Políticamente, la operación está blindada. Y hay un convencimiento transversal —Azcón, Chueca, Serrano— de que sería un error histórico dejar pasar esta ventana.

Pero la segunda Zaragoza, la que sangra cada fin de semana, no compra fácilmente ese relato. No mientras su equipo sea el último. No mientras la mayoría de la propiedad esté a miles de kilómetros, con Jorge Mas a la cabeza, sin dar la cara más que en comunicados asépticos o visitas esporádicas. No mientras el club parezca gestionado como una línea de negocio y no como una institución emocional que estructura identidades.

El zaragocismo está huérfano. No tiene a nadie que le indique un camino claro y visible entre toda esta tempestad de derrotas, dudas y una incertidumbre galopante. Hace falta una voz, un guía y una cabeza visible que -pese a que se siga encadenando derrotas- dé la cara. Explique y detalle qué está pasando y por qué no se sale del pozo. La realidad que se palpa y se siente es que el Real Zaragoza está desasistido. Nadie está al mando.

Aquí es donde la política —otra vez la política— tiene que reconocer la realidad completa. Porque lo que Serrano verbaliza, cuando dice que percibe la ciudad “más triste”, no es solo empatía de aficionado. Es una advertencia. Él mismo lo admite: el fútbol es un “intangible muy tangible”. Y es exactamente esa la palabra: intangible… pero con efectos muy tangibles. El humor de la ciudad, la autoestima ciudadana, la manera en la que Zaragoza se mira al espejo, se cotiza, se cuenta a sí misma.

Esto lo sabe cualquiera que haya vivido aquí un lunes después de una remontada europea, o un lunes después de una humillación. Se habla distinto. Se camina distinto. Y eso, políticamente, pesa.

Al Ayuntamiento y al Gobierno autonómico les interesa —y les urge— que el Real Zaragoza siga siendo algo más que un eslogan sentimental atornillado al Mundial de 2030. Les interesa que el club sobreviva con dignidad, porque la foto del 2030 no se entiende con un Zaragoza en tercera categoría. Puedes enseñar el estadio. Puedes seducir a FIFA. Puedes proyectar a la ciudad en prime time planetario. Pero si el equipo que juega ahí se ha convertido en una marca residual, el relato entero se agrieta. Y aunque sea pronto, o casi precipitado, las elecciones municipales y autonómicas de 2027 se jugarán en La Nueva Romareda. Donde ahí, Azcón y Chueca, y por tanto el Partido Popular, se juegan una carta importante.

Y a la inversa: si el club responde, si salva la categoría, si remonta, si al menos vuelve a ser competitivo, la ciudad recupera pulso. Y la política también. Por eso la pasividad directiva es gasolina sobre la herida. Porque agrava la sensación de abandono. Porque confirma el temor más repetido en bares y peñas: que el Real Zaragoza no es un activo prioritario para su propia propiedad. Que Jorge Mas y el resto de accionistas están más preocupados por relaciones cruzadas con otros clubes, por la ingeniería societaria… que por evitar el mayor incendio deportivo de la historia moderna del zaragocismo.

Esta es la conversación que hay y existe en la ciudad. Y si no es cierta, si realmente hay una máxima preocupación por parte de la propiedad del Real Zaragoza, hay que estar y dar la cara. Ser uno más de toda la afición zaragocista. Y si hace falta, habrá que cambiar rostros, directivos y poner a alguien que hable con el corazón. O cambiar Miami por Zaragoza. En situaciones límite, conviene tomar medidas urgentes y de calado.

El zaragocismo necesita a un padre y a una madre en el peor momento de su vida. No quiere estar huérfano ni abandonado. Quien toma las decisiones debe dar la cara, pedir disculpas y ponerse del lado de toda su afición. Sea Jorge Mas, Joseph Oughourlian o Juan Forcén. Porque cuando se está físicamente y dando fe de tu absoluta entrega con un club que se deja el alma durante años en el infierno de Segunda División, se podrá morir y descender. Está en las quinielas. Pero se hará con el honor de estar con los tuyos. De no dejarles en el desaliento ni en la incertidumbre. El zaragocismo es esto. Es nobleza, valor y orgullo.

Lo que hoy se le pide a la propiedad es sencillo: presencia. Insisto: nadie duda de su buen hacer financiero y patrimonial con un club que lleva años a la deriva, desde el infausto Agapito Iglesias. Pero se necesita alguien que responda, que esté en el día a día y sea uno más en cada partido.

La Romareda seguirá. El Mundial llegará. La obra, como repite Serrano, “no corre peligro”. Eso, en términos de ciudad, es una gran victoria estratégica. Pero sería un error histórico que, mientras levantamos el estadio que enseñaremos al mundo, dejemos morir al equipo que le da sentido.

*Álvaro Sierra es socio director de HOY ARAGÓN

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