Opinión | El Real Zaragoza ante su hora más oscura; por Álvaro Sierra

El Real Zaragoza vive instalado en una paradoja que parece una metáfora de la propia ciudad: se anuncia el futuro mientras se desmorona el presente.
Jorge Mas, Presidente del Real Zaragoza / GETTY
Jorge Mas, Presidente del Real Zaragoza / GETTY

A la vez que se proyecta la nueva Romareda como símbolo de modernidad, marca de ciudad y polo de inversión, el equipo camina con paso firme hacia un destino que ya nadie se atreve a negar en voz alta: el descenso deportivo más temido de su historia reciente. La distancia entre el discurso institucional y la realidad del césped es hoy un abismo.

Durante años, el Zaragoza ha vivido del relato. De la nostalgia, del “volveremos”, de la promesa de que con el capital americano y la profesionalización llegarían los tiempos de esplendor. Pero el relato ya no tapa la evidencia: la deriva deportiva es estructural, no coyuntural.

El club ha cambiado de manos, de escudo, de modelo, de discurso y de propiedad, pero no de rumbo. Y si algo enseñan los números y la memoria, es que las instituciones históricas también caen cuando se acostumbran a vivir de su pasado.

El proyecto de los 'socios americanos', encabezado por Jorge Mas y respaldado por el inversor Joseph Oughourlian -entre otros-, llegó con la promesa de modernizar el club, profesionalizar la gestión y acabar con la precariedad económica que lo atenazaba desde hace más de una década. Pero la estabilidad financiera, que existe y ha sido clave, no ha traído ni resultados deportivos ni alma al club. El Zaragoza de hoy es una SAD solvente con un equipo sin pulso. Y eso, en el fútbol, es el peor de los equilibrios posibles.

La nueva Romareda se ha convertido en el gran eje político y emocional de Zaragoza. Una infraestructura que va mucho más allá del fútbol y que simboliza, según el relato institucional, la entrada de la ciudad en el siglo XXI. Pero en este contexto, el estadio corre el riesgo de convertirse en un edificio que nace herido y sin quién le dé vida deportiva.

Nadie discute que Zaragoza merece un nuevo estadio. Lo que resulta difícil de digerir es el presente del club, el mismo club que es socio de la Nueva Romareda SL, la sociedad promotora del estadio. El fútbol, que debería ser el alma del proyecto, se ha convertido en su último eslabón. La consecuencia es cruel pero lógica: un club con estadio de Champions y equipo de Primera Federación. Hundido en su historia.

Los socios estadounidenses, con Jorge Mas —propietario también del Inter Miami— al frente, han traído músculo económico y visión empresarial. Pero la buena coyuntura económica choca frontalmente con la idiosincrasia de un club como el Zaragoza, que es mucho más que un activo. No se gestiona una franquicia, se hereda una historia.

En este tablero, la política municipal juega su propia partida. La alcaldesa Natalia Chueca ha hecho de la nueva Romareda su bandera de gestión. El estadio es un proyecto de ciudad, pero también un símbolo político. Y, paradójicamente, el deterioro del equipo amenaza con contaminar esa narrativa de éxito. La imagen de un Zaragoza en caída libre mientras se levantan grúas y promesas no es precisamente el mejor escaparate electoral.

Si el Zaragoza desciende —y hoy el verbo ya no parece exagerado—, el golpe no será solo deportivo. Será un terremoto moral. Porque el club, más que un equipo, ha sido durante décadas el espejo emocional de Zaragoza: su manera de competir, de resistir y de creer que la grandeza también se podía escribir desde una tierra de frontera. La pérdida de esa identidad no se mide en puntos ni en balances. Se mide en orgullo, en pertenencia y en la sensación de que algo esencial se ha roto.

La pregunta que debería inquietar tanto a sus propietarios como a la política municipal no es solo si habrá estadio nuevo, sino qué quedará del Real Zaragoza cuando se inaugure. Zaragoza está ante una encrucijada que va mucho más allá del fútbol. La ciudad que presume de su futuro urbanístico no puede permitirse un símbolo deportivo en ruinas.

Porque si algo demuestra la historia —en los estadios, en la política o en la vida— es que ninguna inversión sustituye a la emoción. Y sin emoción, ni la Romareda más moderna podrá salvar a un club que, hoy, parece haber olvidado quién es.

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