Editorial | Ibercaja ya avisa de la oportunidad histórica que llega a Aragón

Aragón ha pasado en pocos años de reclamar atención inversora a convertirse en uno de los territorios más atractivos para grandes proyectos industriales y tecnológicos.
El presidente de Aragón, Jorge Azcón, en la Hospedería de San Juan de la Peña / Fabián Simón
El presidente de Aragón, Jorge Azcón, en la Hospedería de San Juan de la Peña / Fabián Simón

El último informe de Ibercaja sobre la evolución económica de Aragón deja un mensaje claro: la comunidad vive un momento excepcional. El llamado boom de las grandes inversiones —gigafactoría de baterías, centros de datos, industria agroalimentaria— ha elevado la previsión de crecimiento del PIB aragonés hasta el 2,9% en 2026, por encima de la media nacional. La cifra, por sí sola, invita al optimismo. El contexto que la rodea obliga, sin embargo, a un análisis más fino.

Aragón ha pasado en pocos años de reclamar atención inversora a convertirse en uno de los territorios más atractivos para grandes proyectos industriales y tecnológicos. No es casualidad. Confluye una combinación poco frecuente: disponibilidad de suelo, costes aún contenidos, estabilidad institucional y una posición estratégica en el eje logístico del noreste peninsular. El resultado es un ciclo expansivo que empieza a reflejarse en los datos macroeconómicos y, de forma incipiente, en la demografía.

El informe apunta un hecho especialmente relevante: Aragón crece ya más en población que la media española, algo inédito en décadas. Si se consolida, este cambio puede corregir una de las debilidades estructurales históricas de la comunidad: el escaso dinamismo demográfico. Más población significa más consumo, más actividad y, potencialmente, más base fiscal. Pero también más presión sobre servicios públicos, vivienda e infraestructuras.

Ahí aparece la primera gran contradicción del actual ciclo. El mismo empuje inversor que eleva el PIB amenaza con tensionar sectores clave. La construcción es el ejemplo más claro. Los grandes proyectos demandan mano de obra de forma intensa pero, en muchos casos, temporal. Esa demanda choca con una construcción residencial que ya es insuficiente para atender la creación de nuevos hogares. El resultado es previsible: subida de precios de la vivienda y dificultades crecientes de acceso, incluso en una comunidad que partía de una situación más favorable que otras.

Otro límite evidente es el componente importador de estas inversiones. La gigafactoría o los centros de datos requieren tecnología, maquinaria y bienes de equipo que, en gran medida, llegan del exterior. El impacto sobre el PIB existe, pero es menor del que sugieren las cifras de inversión anunciadas, y se acompaña de un deterioro del saldo comercial. Aragón se integra así en las cadenas globales de valor, pero lo hace desde una posición todavía dependiente en los eslabones de mayor contenido tecnológico.

En el mercado laboral, el diagnóstico también es ambivalente. Crece el empleo y las previsiones mejoran, pero la tasa de paro no baja al mismo ritmo. El problema no es tanto la falta de trabajo como el desajuste entre perfiles disponibles y necesidades reales.

La llegada de la inteligencia artificial, analizada en uno de los monográficos del informe, añade una capa más de complejidad: no destruirá empleo de forma masiva, pero sí exigirá una rápida adaptación de competencias. La formación y el reciclaje profesional dejan de ser una opción para convertirse en una urgencia estratégica.

A todo ello se suma un contexto internacional volátil. Tensiones geopolíticas, incertidumbre comercial y un sector del automóvil en plena transformación —con fuerte presión de la competencia china— configuran un entorno en el que los ciclos pueden acortarse y las ventajas comparativas diluirse rápido si no se consolidan.

El diagnóstico de Ibercaja, leído con calma, es, más bien, una advertencia en positivo. Aragón tiene ante sí una ventana de oportunidad histórica para reforzar su base productiva, atraer población y ganar peso económico. Pero el crecimiento por sí solo no garantiza desarrollo. Sin políticas que amplíen la oferta de vivienda, refuercen la formación, retengan talento y conviertan la inversión en valor añadido local, el actual boom corre el riesgo de quedarse en un buen ciclo… y poco más.

La clave no está en crecer más un año o una décima más en las previsiones. Está en decidir qué Aragón quiere salir de esta década de inversiones. Y esa decisión, a diferencia de los datos macro, sigue siendo plenamente política.

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