El proyecto olvidado que debía rodear Zaragoza: así nació la Z-50 entre Villafranca y La Muela

Hoy, casi veinte años después, el quinto cinturón sigue siendo más una promesa recurrente que una realidad.

En Zaragoza hay proyectos que, más que olvidados, parecen condenados a regresar cíclicamente al debate público sin llegar nunca a materializarse. Uno de ellos es el llamado quinto cinturón, la Z-50, una infraestructura que ya en 2007 ocupaba titulares, informes técnicos y promesas políticas, y que casi dos décadas después sigue siendo, en esencia, una carretera pendiente.

Fue en aquel año cuando se empezó a hablar con cierta concreción de una Z-50 entre Villafranca de Ebro y La Muela, una vía de unos 42 kilómetros pensada para aliviar el tráfico pesado de largo recorrido y mejorar la vertebración del entorno metropolitano de Zaragoza. La idea no nacía sola: el Gobierno de Aragón también tenía sobre la mesa otras dos grandes autopistas autonómicas, una entre Mallén y La Almunia de Doña Godina y otra que daría continuidad al primer tramo de la Z-50 ya ejecutado desde Villafranca hacia el oeste.

Sin embargo, ya entonces el propio Ejecutivo autonómico admitía el principal obstáculo: no había capacidad financiera para afrontar estas obras en solitario. El mensaje era claro y se repetía con insistencia: la Z-50 no era solo una infraestructura aragonesa, sino una vía de alcance nacional, y debía integrarse en los planes del entonces Ministerio de Fomento.

El consejero de Obras Públicas de la época, Alfonso Vicente, lo resumía sin rodeos: el quinto cinturón era “fundamental” para las comunicaciones, especialmente para el tráfico pesado, pero dependía de la implicación del Estado. La presión política existía, las reuniones con Madrid también —con nombres como Marcelino Iglesias y José Blanco sobre la mesa—, pero las respuestas concretas nunca llegaron.

Mientras tanto, la DGA avanzaba en el terreno técnico. Se hablaba de cinco o seis alternativas claras de trazado, con dos como las más viables: una conexión con la A-2 en el entorno de PLA-ZA, clave para la logística, y otra que enlazaba con el futuro eje Mallén-Cariñena, más allá de La Muela. Los estudios analizaban impactos ambientales, dificultades técnicas y beneficios territoriales, pero el proyecto seguía atado a una condición ineludible: la financiación estatal.

Incluso entonces, en plena campaña electoral, ya surgían voces escépticas que advertían de que la Z-50 “tendría que esperar muchos años”. El tiempo les dio la razón.

Hoy, casi veinte años después, el quinto cinturón sigue siendo más una promesa recurrente que una realidad, un ejemplo de cómo algunas infraestructuras en Zaragoza parecen vivir permanentemente en el futuro.

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