El abogado navarro aragonés que empezó compartiendo habitación y con lo justo: "Soy alegre, pero en sala cambio"
Más de una hora después de haber terminado la entrevista, Patxi, como le llaman los amigos, nos escribe porque sigue pensando en una pregunta que le hemos planteado desde HOY ARAGÓN. Cómo se define como abogado: "Yo creo que las palabras alegre, comprometido y luchador son las que más me definen".
Así es Javier Osés, un tipo de trato afable pero que le da muchas vueltas a las cosas que considera importantes. Parece que nada le preocupa demasiado, pero eso, dice, es lo que vemos por fuera. Por dentro está el abogado que suda la camiseta en sala.
Patxi llegó a Zaragoza de adolescente con su familia, originaria de la localidad navarra de Milagro. "Mi padre mi padre vino a trabajar a Zaragoza y nos vinimos con él. Vine hace 50 años y ahora tengo 64. Toda la vida, así que podría decirse que soy navarro aragonés", se sonríe aparentemente relajado.
Treinta y cinco años ejerciendo la profesión pero con unos inicios más que complicados. "Trabajaba de agente comercial en una empresa mientras estudiaba. Después comencé a trabajar con Fernando Lacruz. Era un penalista muy bueno, y muy listo", recuerda Osés.
Luego se independizó y montó un despacho con un compañero de promoción, Ángel Aznar. “Me decía que hasta que no cobrase, que dispusiese de lo que quisiera”, asegura refiriéndose a Aznar. Esa época fue tan intensa como complicada. "Compartíamos un piso grande en Hernán Cortés que se alquilaba por habitaciones. Había oficinas, profesores que daban clases particulares, representantes de Vedetes, de todo", nos dice Patxi.
Tenía 26 años cuando llevó su primer asunto. “Yo pensé que en una sala no sería capaz de hacer nada”. Mi mentor entonces no le cobró creo, porque me lo dio y como yo empezaba... Pasé muchos nervios. La única forma que encontré para ir a los juzgados tranquilo fue pensar que si me quedaba callado me iba a hacer el desmayado. Eso me dio valor y lo hice. Al final, salió absuelto de un hurto”, rememora entre sonrisas.
Para Javier fue una prueba de fuego y le hizo coger confianza. “Me echó a los leones y salió bien", añade. Luego ya empezó a funcionar sin padrino y se hizo cerca de mil tarjetas de papel ya que no había otros medios. “Nadie me conocía y las repartía en garitos de noche, a gente que conocía, funcionarios…”, explica Osés.
Luego hizo una reflexión que nunca olvidó: “Si de mil tarjetas que reparto en un año, hay cien que no las tiran, cincuenta que están ahí y diez que me llaman…”. Reconoce que ha tenido una suerte, pero la suerte, añade, también hay que buscarla.
De sus compañeros dice que lo importante en es cliente. “Compañeros amigos no tienes porque cada uno está haciendo su trabajo. Para mi lo más primordial es el cliente”. Y de sus clientes, a los que considera que se debe, también nos cuenta cosas: "Mira, si sale condenado que salga con todas las pruebas. Incluso condenados me han agradecido el trabajo”.
"Se subió en mi mesa y se tocó la entrepierna"
“Se que hay clientes que no me dicen la verdad, pero como creo que el cerebro tiene que aprender a sobrevivir, lo asumo. Ahí me centro en las pruebas”, asegura Osés. Haciendo memoria, recuerda un caso en el que rehusó, es decir, rechazó la defensa.
“Me acuerdo de una violación a una chica de 20 años y me vino una persona, el acusado, y se me puso de pie delante de la mesa y echándose mano al paquete me dijo, ¡A esa me la follé yo con esto y tenía muchas ganas!”. Fue en la segunda visita, y fui a la declaración de ella y, tras conocerla rehusé. Cuando se trata como una falta de respeto contra la dignidad del género humano, no merece la pena”, añade.
En cuanto a sus vivencias en el mundo de la abogacía y tras conocer a mucha gente, cree que hasta la mejor persona puede ser mala, y la peor persona puede tener momentos de bondad. “La maldad existe porque hay gente que no tiene conciencia de lo que hace; no dedica ni un minuto en pensar que ha hecho mal”.
De nuevo en la sala, no se olvida de aquellos que tienen la última palabra y a los que conoce bien por su trabajo diario, como cualquier otro abogado penalista que ejerza. “Creo en la ley, pero creo que la justicia no existe. Hay dos partes y siempre una va a decir que no es justo.
Se confunde la emoción con la justicia. La justicia es un concepto moral y ético, irrelevante en la aplicación de las leyes. Pero si hay que hablar de los jueces, la justicia tendría que estar únicamente en sus manos. Creo en ellos, en su profesionalidad e independencia, y el respeto que tienen a la ley por encima de todo”.
Ha metido muchas horas, pero ahora Patxi, con años y perspectiva, se toma la vida de otra manera. “Para mi, el trabajo eran 24 horas, pero descubrí que no iba a ser un buen profesional así porque me limitaba a mí mismo”, se sincera.
Para concluir recuerda sobre todo a sus padres y a uno de sus tres hermanos, fallecidos en los últimos años y de alguien más: “También me acuerdo de la mujer que me ha acompañado y aguantado estos últimos 15 años. Tendría que hacer un homenaje cada día a Raquel, por darme serenidad y hacerme sentir la pasión de vivir". No quiere irse sin decirnos algo más: "Y por cierto, recuerda que sigo como un chaval".

