Perdió a su mujer, crío a cinco hijos y ahora es cura de pueblo: la emocionante segunda vida de Ignacio Álvarez

Ignacio Álvarez entró en el seminario a las 54 años, tras la muerte de su mujer, y se ordenó sacerdote con 67. Una historia llena de fe, de vida y de un compromiso poco corriente.

Los tiempos del Señor son los tiempos del Señor. Y si no, que se lo pregunten a Ignacio Álvarez, padre de cinco hijos, que entró en el seminario a los 54 años, tras la muerte de su mujer, y se ordenó sacerdote con 67.

"Comprendí que el Señor me llamaba siendo mayor, y que, a veces, Él llama a quienes están disponibles cuando otros no responden", recuerda, aunque la fe y la familia venían marcando su camino desde hace tiempo. 

Son las doce de la mañana cuando entramos en la Basílica de Santa Engracia de Zaragoza. Apenas hay gente. En un banco cerca del Altar, un hombre inclina la cabeza en oración. Es Ignacio Álvarez. Más tarde, nos sentaremos en una sala de la sacristía y comenzará a contarnos su historia.

Ese "somos Dios y yo y siempre lo hemos sido", empezó en 2011 en la JMJ de Madrid, cuando le preguntó a un sacerdote si aquello que sentía podía ser vocación. "Me dijo que sí y no hubo más, volví a casa con una ilusión que se lo comía todo", relata. Pero aquella certeza no había surgido de la nada.

Tras la muerte de su mujer, diagnosticada de cáncer en 2006 y fallecida en 2009, se encontró con un vacío inmenso, pero también un espacio donde la llamada del Señor se hizo imposible ignorar. Cuenta que empezó a estar "muy inquieto" y a tener una llamada "muy fuerte y muy clara". "Solo quería estar en la parroquia, al lado del sagrario y con la Biblia", recuerda. 

Ignacio es ingeniero industrial por la Universidad de Zaragoza y acabó especializándose en la dirección de sistemas informáticos. A la vez, junto a su mujer, construyó una familia muy unida a la iglesia. "Desde el principio queríamos formarnos como matrimonio dentro del Movimiento Familiar Cristiano", explica.

Allí aprendieron la oración en familia, que sería, según dice, "el gozo más grande de esta etapa". La oración en familia se convirtió, durante los años de enfermedad de su mujer, un momento de paz que les ayudaba frente al miedo y el dolor, recordándoles que no estaban solos y que Dios les acompañaba.

Ignacio Álvarez en la Basílica de Santa Engracia / Álvaro Calvo para HOY ARAGÓN
Ignacio Álvarez en la Basílica de Santa Engracia / Álvaro Calvo para HOY ARAGÓN

La enfermedad de su mujer marcó un antes y un después. Se apuntó a la adoración nocturna, dio catequesis y buscó acompañamiento espiritual. La fe, que había esta muy presente en su matrimonio, se convertía entonces en un "refugio". Aun así, tardó en compartirlo con sus hijos.

"No se lo dije hasta que todo estuvo hecho", cuenta el zaragozano, que reconoce que lo recibieron con sorpresa, pero también con cariño. "Ha sido una aventura que hemos llevado los seis juntos. Y mi mujer, desde el cielo", añade, dejando entrever cómo, incluso en la ausencia, su presencia sigue acompañando cada uno de sus pasos.

"No paraba de dar gracias a Dios"

Entrar en el seminario, primero en Santander y después en Zaragoza, fue para él una segunda juventud. "Era volver a estudiar, volver a ser joven", resume. Durante dos años compaginó el trabajo, la casa y las clases. "Me parecía que estaba haciendo una cosa clandestina", recuerda, porque salía del trabajo y por la noche se iba directo al seminario.

"Me encantaba, me devoraba todos los libros. Era una auténtica gozada", confiesa Álvarez, que se empapó de la teología y toda la historia de la Iglesia. "Tenía una ilusión y un estremecimiento enorme, no paraba de dar gracias a Dios y nunca llegué a tener miedo o temor", expresa.

Ignacio Álvarez en la Basílica de Santa Engracia / Álvaro Calvo
Ignacio Álvarez en la Basílica de Santa Engracia / Álvaro Calvo

En el seminario, Álvarez descubrió pronto que la convivencia con jóvenes le devolvía una vitalidad que creía haber perdido y confiesa que se sentía joven con ellos.

Cuenta una anécdota en Santander se le quedó grabada: "Cada semana un grupo de seminaristas acudía a colegios a dar testimonio, y durante una comida se organizaba quién iría. Yo me ofrecí y la respuesta fue una risa amable, casi incrédula: 'Hombre… tú'". "Entonces entendí que yo era mayor y que esa es también mi característica", sostiene.

La misión en los pueblos

El 6 de abril de este año fue ordenado diácono en la Basílica del Pilar y el 19 de octubre, sacerdote. "Fue una cosa impresionante", manifiesta. Después sus primeras misas, llegó el destino: "El obispo me destinó a varios pueblos de la zona de Daroca y se lo agradecí, parece ser que los únicos que estábamos de acuerdo éramos él y yo".

Ahora atiende nueve localidades, celebra tres eucaristías en domingo, confiesa, visita ancianos y acompaña. "Es algo impresionante. Están esperando a que celebres, quieren comulgar, quieren escuchar el Evangelio", comenta Ignacio con una sonrisa, orgulloso del camino recorrido y del trabajo que realiza cada día.

Cuando se habla de vocación, se tiende a pensar en una llamada temprana. Pero la historia de este ingeniero industrial, padre de cinco hijos y ahora sacerdote, demuestra que la vida tiene su propio camino. Y que a veces la llamada llega cuando uno ya ha recorrido mucho camino, y precisamente por eso está preparado para responder.

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