Forestalia: su historia, su crecimiento y el papel de Fernando Samper como propietario
La mañana en la que varios agentes de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil se presentaron por segunda vez en la plaza de España de Zaragoza, en las oficinas de Forestalia, el nombre de la compañía volvió a ocupar titulares. Los registros, ordenados dentro de la investigación sobre presuntas irregularidades en contrataciones públicas vinculadas al clúster del Maestrazgo, situaban de nuevo al grupo aragonés bajo el foco mediático. La primera vez que fue registrada se debía a las sospechas sobre el caso Servinabar y el caso Leire vinculado al PSOE.
Más allá de la actualidad judicial —una causa bajo secreto de sumario en la que todavía no hay conclusiones ni sentencias—, Forestalia es hoy uno de los actores más singulares del sector energético español: una empresa nacida a partir de la industria cárnica familiar, convertida en gigante renovable y ahora lanzada a jugar un papel clave en la nueva economía de los centros de datos y la electromovilidad. En el centro de esa trayectoria está una figura: Fernando Samper Rivas.
De los orígenes familiares a la apuesta renovable
Fernando Samper (Zaragoza, 1964) creció en el entorno del Grupo Jorge, el emporio cárnico fundado por su abuelo, uno de los grandes nombres de la agroindustria aragonesa. Durante años fue consejero delegado de la compañía familiar hasta que, en 2011, decidió tomar otro camino. De aquella salida se llevó algo más que experiencia: también parte de los proyectos de energía renovable que el grupo tenía en cartera. Esa fue la semilla de Forestalia.
Con esos activos iniciales y la compra de proyectos a la alemana RWE, Samper levantó una empresa que, en poco tiempo, pasó de ser un actor emergente a un auténtico terremoto en el mercado eléctrico español. Cuando el sector llevaba años prácticamente paralizado por la moratoria renovable, Forestalia irrumpió en las subastas estatales de 2016 y 2017 adjudicándose una parte muy relevante de la potencia eólica y de biomasa disponible, frente a gigantes tradicionales como Iberdrola, Endesa o Gas Natural.
Su gran seña de identidad, que todavía hoy reivindica en su propia documentación corporativa, fue concurrir sin pedir primas ni subvenciones, rompiendo el esquema dominante de apoyos públicos a las renovables.
El crecimiento: de “nuevo del sector” a pieza central del mapa energético
En menos de una década, Forestalia ha pasado de gestionar un puñado de parques eólicos y fotovoltaicos a acumular una extensa cartera de proyectos repartidos por Aragón y otras comunidades. El grupo se presenta como “promotor independiente de energías renovables”, con una estrategia apoyada en tres grandes patas: Eólica y fotovoltaica en tierra, con centenares de megavatios adjudicados en las subastas de 2016 y 2017.
Llegó a acuerdos de suministro con la gran industria, como el firmado para abastecer el macroproyecto de Stellantis y CATL en Aragón. Y, más recientemente, el salto al ámbito de los centros de datos mediante el llamado Proyecto Búfalo, con el que la compañía quiere alimentar con energía renovable una red de “granjas de datos” en la provincia de Zaragoza.
La apuesta es clara: producir energía verde no solo para verterla al sistema, sino para amarrar grandes consumos industriales y digitales que buscan un suministro estable y renovable.
De los molinos de viento a las granjas de datos
Ese cambio de escala se concreta en dos grandes operaciones que hoy definen el relato de Forestalia. La última fue la irrupción en el Proyecto Búfalo, un plan prevé una inversión superior a los 12.000 millones de euros para levantar varios centros de datos en distintos municipios zaragozanos, alimentados por una amplia base de generación renovable asociada.
Se trata de una de las mayores inversiones privadas anunciadas en Aragón, solo por detrás del despliegue de Amazon Web Services, y ha sido declarado Proyecto de Interés General de Aragón (PIGA) para agilizar su tramitación.
En otro sector pero vinculado a la energía como productor, está el Proyecto Toro como socio energético del tándem Stellantis–CATL, encargado de desarrollar alrededor de 1.000 MW de potencia renovable —14 parques eólicos y 5 plantas fotovoltaicas— para abastecer la gigafactoría de baterías que se construye en Figueruelas y Pedrola. El acuerdo, que supera los 1.000 millones de inversión, se ha presentado como la mayor plataforma de autoconsumo industrial de España.
En ambos casos, el modelo es similar: Forestalia pone su músculo renovable al servicio de proyectos intensivos en energía, ligados a la transformación digital (centros de datos) y a la nueva automoción (baterías para vehículos eléctricos).
El papel de Fernando Samper: propietario y estratega
A diferencia de otras grandes energéticas con estructuras muy diversificadas, Forestalia mantiene una imagen de grupo muy ligado a la figura de su fundador. Samper no solo es el propietario de referencia, sino también el rostro público que aparece asociado a los grandes anuncios y acuerdos.
Los perfiles publicados sobre él suelen repetir la misma idea: el heredero del porcino que cambió los “gorrinos por molinos”, capaz de leer antes que otros el fin del modelo subvencionado y de pujar a la baja en las subastas renovables asumiendo riesgos que el resto de competidores consideraban excesivos.
Ese estilo —estratega en la expansión, ambicioso en la escala y muy centrado en Aragón como territorio base— ha despertado admiración empresarial y, al mismo tiempo, controversias políticas y sociales, especialmente en torno a algunos proyectos de líneas de alta tensión que han generado rechazo vecinal y debates ambientales.
Un actor clave en el futuro energético (y digital) de Aragón
Entre la crónica judicial y los titulares sobre macroinversiones, Forestalia se ha consolidado como uno de los nombres que más pesan en el futuro energético de Aragón. Su capacidad para adjudicarse grandes bloques de potencia renovable, acompañar proyectos industriales y ahora entrar de lleno en el negocio de los centros de datos la coloca en el centro de varias transformaciones simultáneas: la transición energética, la digitalización y el cambio de modelo industrial.
En todas ellas, el grupo se mueve con un rasgo común: la huella de su propietario. La historia de Forestalia es, en buena medida, la historia de cómo Fernando Samper ha intentado llevar la lógica de la empresa familiar al tablero de la gran energía y, ahora, al de la nueva economía digital.




