Opinión | Azcón pilla a todos con el pie cambiado; por Álvaro Sierra

El presidente aragonés ha pulsado el botón rojo sabiendo que la jugada pillaba a casi todos con el paso cambiado.
El presidente del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón, en las Cortes / Cortes de Aragón
El presidente del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón, en las Cortes / Cortes de Aragón

"Cuando un presupuesto no se aprueba, lo lógico es convocar elecciones, no agarrarse como un clavo ardiendo al poder". Con esa frase, Jorge Azcón ha intentado dotar de lógica institucional a una decisión profundamente política: adelantar las elecciones autonómicas en Aragón al 8 de febrero y cerrar una legislatura que ya caminaba en falso. El argumento es sencillo, casi incontestable en abstracto. El contexto, sin embargo, es mucho más complejo.

El presidente aragonés ha pulsado el botón rojo sabiendo que la jugada pillaba a casi todos con el paso cambiado. Partidos sin candidatos definidos, organizaciones internas sin tiempo para digerir la cita, campañas comprimidas hasta el límite y una sensación generalizada de vértigo. No es casual. En política, el calendario también es poder.

Azcón no convoca porque no pueda resistir. Convoca porque cree que puede ganar. Y porque interpreta que este es el mejor momento posible para hacerlo. Su Gobierno quedó en minoría tras la ruptura con Vox, Aragón lleva un año sin presupuestos y no hay visos de acuerdo para aprobar los siguientes. En ese escenario, prorrogar las cuentas o prolongar la agonía parlamentaria habría sido la opción conservadora. El presidente ha elegido la ofensiva.

El cálculo es evidente. El Partido Popular observa un PSOE nacional atrapado en una tormenta perfecta de desgaste: corrupción, escándalos personales, acusaciones de acoso, contradicciones constantes y un Pedro Sánchez que termina el año más debilitado que nunca, aferrado a una mayoría parlamentaria imposible y sin presupuestos para 2026. Los populares saben que, en las próximas semanas, ese clima seguirá erosionando la credibilidad del socialismo. Y Aragón no es una isla.

En ese marco aparece Pilar Alegría, exministra y exportavoz del Gobierno, candidata obligada del PSOE aragonés. Su perfil nacional, que hace unos meses podía ser un activo, hoy se convierte en un lastre. No solo por su cercanía política a Sánchez, sino por su papel como escudo comunicativo del denominado sanchismo, obligada a defender decisiones, silencios y giros de guion difíciles de explicar. El PP no necesitará inventar contradicciones: bastará con repasar hemerotecas.

Pero Azcón no solo mira al PSOE. También sabe que el resto del tablero está desordenado. Chunta Aragonesista sigue pagando el peaje de su alianza con Sumar, una operación que fue rentable en Madrid pero que ha diluido su perfil propio en Aragón. El aragonesismo de CHA, y la buena presencia de Jorge Pueyo como altavoz de otra izquierda que es posible, tiene complicado sacudirse la carga de Yolanda Diaz y de figuras que hoy pesan más de lo que suman. Fue el pan para ayer y el hambre para ahora.

En la izquierda alternativa, la fragmentación sigue siendo una constante. Mucho ruido, poco proyecto común y demasiadas siglas compitiendo por un espacio electoral cada vez más estrecho. Mientras tanto, la derecha ha consolidado la absorción del voto de Ciudadanos, aunque sin lograr cerrar el flanco de Vox, que ha optado por el maximalismo y la ruptura antes que por la corresponsabilidad de gobierno.

Por otro lado está Vox y su crecimiento intenso y sin freno desde hace meses. El partido de Abascal sigue con máximas como bandera política que van cogiendo mucho respaldo electoral, como la crítica de la inmigración ilegal vinculada con el crecimiento de la delincuencia o la lucha contra el pacto verde y el cambio climático exigido por Bruselas.

A su vez, la gran incógnita está por partida doble en los partidos más pegados al mundo rural: el Partido Aragonés y Aragón Existe. El primero, según las encuestas, está cerca de desaparecer. Apenas obtiene un diputado en las Cortes de Aragón. En el caso de Aragon Existe, si resiste y mantiene los tres diputados -o incluso logra un cuarto- puede ser llave de gobierno para el PP de Jorge Azcón, que rozaría la mayoría absoluta.

Azcón quiere convertir esa ecuación en ventaja. Aspira a crecer en escaños lo suficiente como para gobernar sin depender del partido de Abascal o, al menos, hacerlo desde una posición de fuerza. El 8 de febrero no solo se decidirá quién gobierna Aragón, sino con qué margen y con qué relato.

El adelanto electoral no es un acto de debilidad, sino una huida hacia delante calculada. El presidente transforma la crisis presupuestaria en un altavoz electoral donde el PP se presenta como el partido de la estabilidad y Vox como el del ruido. Su forma de entender la política siempre ha sido esa: crear escenarios donde parte con ventaja. Y, de momento, nadie ha demostrado que se equivoque.

Eso no significa que el riesgo no exista. En 54 días puede pasar de todo. Las urnas tienen la mala costumbre de romper pronósticos y castigar excesos de confianza. Pero nadie convoca elecciones para perderlas.

Aragón votará el 8 de febrero en un contexto que trasciende lo autonómico. Será una cita regional con mirada nacional, una campaña donde el PP hablará de gestión, pero sobre todo de sanchismo; y donde el PSOE tendrá que decidir si compite con un proyecto propio o si asume que su suerte va ligada a la del Gobierno central.

Azcón ha movido ficha antes que nadie. Ha convertido su fragilidad parlamentaria en iniciativa política. Y ha demostrado, una vez más, que en política no siempre gana quien resiste más tiempo, sino quien elige mejor el momento de atacar. La última palabra, como siempre, la tendrán los ciudadanos. Pero el tablero ya está inclinado.

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