El Concurso de Tapas de Zaragoza: 30 años de creatividad, negocio y ciudad en miniatura
Zaragoza entra en el último fin de semana de la XXX edición del Concurso Oficial de Tapas de Zaragoza y Provincia, un certamen que este año ha reunido a 153 establecimientos y más de 200 tapas diferentes, todas a 4 euros con bebida incluida.
El domingo 16 se bajará el telón de una cita que la propia organización define como “el certamen oficial de tapas más antiguo de España”, y que hace tiempo dejó de ser solo una ruta de tapeo para convertirse en un termómetro del momento que vive la hostelería zaragozana.
De la barra tradicional a la alta cocina en pequeño formato
La evolución del concurso se entiende bien si se miran las tapas que han ido subiendo al primer puesto del podio. En la XXVII edición, el premio a la mejor tapa de Zaragoza y provincia fue para Brasserie Fire con “Magañico”, un trampantojo de helado tipo magnum de Ternasco de Aragón IGP, servido caliente y envuelto en una gelatina obtenida de la reducción de su propio cocinado. Una propuesta técnicamente compleja que ya indicaba por dónde iba a caminar el certamen: producto local, formato popular y técnica de restaurante gastronómico.
En la edición siguiente, la XXVIII, el primer premio recayó en La Cava con “Donut maño”, una tapa que volvía a jugar con la idea del trampantojo: apariencia de dulce, fondo de cocina salada y guiños al recetario aragonés. Ese mismo año, Brasserie Fire quedó entre las tapas mejor valoradas, consolidando un duelo sano que ha contribuido a subir la exigencia general del concurso.
La XXIX edición devolvió a Brasserie Fire al centro del escenario con “Corona de los Valles”, una tapa construida a partir de una esfera de suspiro de monja rellena de guiso de ternasco al vino tinto del Somontano, coronada con un falso rubí de frutos rojos esferificados y toques de chile chipotle y cilantro encurtido. Una pieza que resume bien el nivel actual: discurso, técnica y una presentación que podría viajar sin complejos a un menú degustación.
Este recorrido por tres ediciones consecutivas muestra el trayecto que ha seguido el concurso: de la tapa como bocado rápido de barra a la tapa como formato de alta cocina en miniatura, donde la vanguardia técnica convive con la obligación de seguir siendo reconocible y, sobre todo, sabrosa.
Un concurso que también se juega en la caja registradora
El impacto del Concurso de Tapas no se limita a las fotografías en redes sociales. La edición de este año, con más de un centenar y medio de bares y restaurantes en la ciudad y en la provincia, se ha traducido en días de gran afluencia en barrios muy distintos y en localidades que habitualmente quedan fuera del circuito gastronómico más mediático.
Para muchos negocios, estas fechas funcionan como una segunda temporada alta: se llenan las barras entre semana, se alargan las salidas de tarde y aparecen nuevos clientes que llegan guiados por el folleto del concurso o por recomendaciones digitales.
Los establecimientos que han ganado en ediciones recientes reconocen que la tapa premiada marca un antes y un después. El nombre del local pasa a circular en prensa, en la web oficial y en las conversaciones de los propios zaragozanos, que incorporan ese bar a sus rutas habituales. En el caso de Brasserie Fire, su condición de ganador en la XXVII y la XXIX edición ha podido dotar de una mayor visibilidad a un proyecto joven que ha encontrado en el concurso su mejor escaparate.
La organización insiste, además, en que el concurso tiene una dimensión de promoción del territorio: cada vez participan más locales de la provincia y se refuerza la presencia de ingredientes aragoneses, desde el ternasco hasta productos amparados por denominaciones de origen. Ese vínculo entre tapa y territorio refuerza la idea de que lo que se juega en estas jornadas no es solo un premio, sino una forma de contar Aragón en pequeños bocados.
Treinta ediciones de una misma historia: la tapa como retrato de Zaragoza
Treinta ediciones después, el Concurso de Tapas de Zaragoza es también un relato sobre la propia ciudad. En las primeras décadas, las propuestas tenían un pie más firme en la tradición: versiones de bravas, bocados de embutido, pequeños guisos servidos sobre pan. Hoy, la foto es distinta: siguen existiendo tapas de corte clásico, pero conviven con creaciones que emplean esferificaciones, juegos de textura, fondos concentrados y presentaciones pensadas para ser fotografiadas.





