Perfil | Víctor Serrano, el consejero que está desbloqueando la Zaragoza que llevaba años parada
En la política municipal hay dos tipos de concejales: los que esperan que las cosas sucedan y terminan por llevarse los aplausos y los que generan caminos donde antes solo había bloqueos. Y cuando esto lo planteas en una ciudad como Zaragoza, dedicada a la desidia y a la falta de planeamiento, se recrudece al extremo.
Víctor Serrano, consejero de Urbanismo, Infraestructuras, Energía y Vivienda del Ayuntamiento de Zaragoza, pertenece al segundo grupo. Su trabajo no comienza en sí en una inauguración, sino mucho antes. Cuando todo empieza en expedientes complejos y poco agradecidos: convenios urbanísticos, modificaciones del PGOU, acuerdos con terceros y recepciones de obras.
Es en esta etapa donde se decide si un vacío urbano sigue siendo un problema o comienza a convertirse en ciudad. Quienes conocen a Serrano reconocen que no oculta su convicción de que el urbanismo es una importante herramienta política y no un lujo reservado para tiempos de bonanza.
Como abogado especializado en urbanismo y propiedad, su perfil técnico marca un enfoque poco común en política: menos retórica y más arquitectura jurídica. Su discurso ha mantenido pocas variaciones desde que asumió responsabilidades por aquel año 2019: reparar cicatrices urbanas históricas, devolver uso a terrenos abandonados y poner el planeamiento al servicio de tres urgencias en Zaragoza: vivienda, espacio público y actividad económica.
Esa visión se refleja en los grandes logros de su gestión. El Portillo es quizás el más simbólico. Durante años, fue una brecha ferroviaria complicada, un espacio atrapado en debates interminables y un enrevesado futuro que dependía de distintas administraciones. En esta etapa, el acuerdo con ADIF y Zaragoza Alta Velocidad permitió liberar una intervención que llevaba décadas esperando.
Fue uno de esos movimientos que cambian las cosas y permiten pasar del "ya veremos" al "por aquí se puede avanzar". Algo similar sucedió con La Romareda, la gran apuesta del exalcalde Jorge Azcón y que tras varios cambios profundos en su forma jurídica y financiera sigue siendo el gran sueño de la ciudad.
Durante más de una década, el estadio fue más tema de conversación que proyecto. Serrano ha insistido en que no era suficiente con un diseño atractivo; se necesitaba una fórmula legal y financiera viable que sostuviera una solución real y no un parche. Junto a la insistencia del Gobierno de Aragón, el consistorio pasado y actual del PP remarcó la idea de que Zaragoza se merecía un estadio... fuera cómo fuera. Y en ello se está.
El resultado ha sido convertir un debate eterno en un expediente con pasos claros, en coordinación con otras administraciones. Más allá de los grandes iconos, el impacto de Víctor Serrano se siente en operaciones menos mediáticas pero fundamentales para encauzar ansiados proyectos que dormían el sueño de los justos.
La prolongación de Tenor Fleta, la progresiva activación de Arcosur y la transformación de antiguos terrenos industriales en barrios consolidados siguen una misma lógica: conectar tramas urbanas, evitar crecimientos aislados y hacer que la ciudad avance de manera coherente.
Siempre hay quejas y formas de ver el urbanismo en la vieja Zaragoza. Los matices enriquecen, vengan de donde vengan, si tienen fondo y consistencia jurídica y administrativa. Pero una máxima es absolutamente incontestable: desde la llegada de Víctor Serrano al urbanismo de Zaragoza la ciudad ha cambiado a un ritmo vertiginoso. Su forma de entender el urbanismo no es perezosa ni anclada en los desmanes de los años previos a la Expo. Hay sentido, coordinación y cohesión en qué ciudad se necesita actualmente.
La vivienda es, probablemente, el tema más visible de su mandato. El último balance municipal reconoce hasta veintiún áreas de desarrollo con capacidad para más de 28.000 viviendas, casi la mitad protegidas. No es un dato menor en un contexto donde el acceso al mercado es complicado. O casi imposible para determinados rangos de la población.
Para lograrlo, Víctor Serrano ha optado por una combinación de herramientas, todas ellas basadas en la misma premisa: no hay que tener miedo al urbanismo, sino hay que verlo como una herramiento más. Tanto las cesiones “llave en mano” para el parque municipal, convenios en áreas estancadas desde hace décadas y modificaciones puntuales del planeamiento cuando el uso heredado ya no tenía sentido.
Como es normal, cuando se tiene foco y proyecto claro, su forma de gobernar no está exenta de fricciones. La oposición le critica por tener demasiada confianza en la iniciativa privada o por presionar en exceso sobre terrenos dotacionales. Desde el Gobierno municipal, se responde con una idea simple: es mejor avanzar con reglas claras que perpetuar el bloqueo histórico.
Por todo ello el legado de Víctor Serrano es claro. Un consejero que no teme al urbanismo y lo ve como una herramienta para generar oportunidades. Donde otros ven un terreno problemático, él prefiere ver un mapa que necesita ser redibujado. En una ciudad acostumbrada al letargo de los grandes vacíos, esa perspectiva a veces es justo lo que marca la diferencia.


