Tortosa y Lérida: ¿son aragonesas o catalanas? La conquista de 1148 y el mapa que tardó un siglo en fijarse

La toma de Tortosa (1148) por Ramón Berenguer IV reabrió una pregunta que aún hoy genera debate: ¿desde cuándo Tortosa y Lérida son catalanas y Fraga aragonesa? La respuesta no es inmediata ni cabe en un titular. A mediados del siglo XII, las fronteras políticas y las titulaciones eran fluidas y el conde de Barcelona gobernaba Aragón sin ser su rey.

Todo arranca con la muerte sin descendencia de Alfonso I el Batallador (1134), tras fracasar en Fraga. Su testamento legó Aragón a las órdenes militares, pero los aragoneses entronizaron a su hermano Ramiro II el Monje, que colgó el hábito para casarse con Inés de Poitou y asegurar sucesión. De ese matrimonio nació Petronila, prometida en 1137 a Ramón Berenguer IV. Desde entonces, el conde gobernó el reino, aunque nunca se tituló rey de Aragón; la reina era Petronila y el rey efectivo sería su hijo, Alfonso II, ya como rey de Aragón y conde de Barcelona.

Esa dualidad explica que las conquistas de Ramón Berenguer pudieran incorporarse tanto al reino de Aragón como al condado de Barcelona. La disputa por Fraga y Lérida venía de lejos entre aragoneses y barceloneses, y la toma de Tortosa —clave en el bajo Ebro— fue posible gracias a una coalición plurinacional propia de la Segunda Cruzada: a las huestes aragonesas y barcelonesas se sumaron las del conde de Montpellier, Génova (a cambio de una parte de la ciudad), Pisa, caballeros normandos e ingleses, y el amparo del papa Eugenio III, que concedió a los participantes los privilegios cruzados.

El asedio de 1148 y el reparto de la ciudad

El asedio comenzó en julio de 1148: la flota costeó desde Barcelona y remontó el Ebro hasta Tortosa (Turtusha en al-Ándalus). Los musulmanes, encerrados en la muralla, esperaron una ayuda desde Valencia que nunca llegó. Tras la capitulación, la ciudad quedó dividida entre genoveses y el conde de Barcelona; en 1153, Génova vendió su parte. Una parte de los cruzados —ingleses, normandos y flamencos— se asentó y entró en la oligarquía local, legando apellidos como Anglès, Flamenc o de Gal·les: un recordatorio de la mezcla que acompañó a la repoblación.

La titulación de Ramón Berenguer refleja ese poder compartido. En 1150 firmó como “conde, dominante en Aragón, Zaragoza, Tortosa, Lérida y Barcelona”; también como “príncipe de los aragoneses, marqués de Tortosa y duque de Lérida”.

Entre 1151 y 1157 se presentó como “conde de los barceloneses, príncipe del reino de los aragoneses, marqués de Tortosa y Lérida, y duque de Provenza”, y a finales de 1157 simplificó a “conde de los barceloneses y príncipe de los aragoneses”. Nunca fue “rey”, ni siquiera tras la muerte de Ramiro II (1157).

¿Aragón o Cataluña? Una adscripción tardía

¿A qué territorio se integraron las plazas conquistadas? La tesis que manejan historiadores como José Luis Corral sostiene que Tortosa, Lérida y Fraga no quedaron adscritas de inmediato ni al reino de Aragón ni al condado de Barcelona.

La fijación llegó un siglo después: Tortosa y Lérida pasaron a formar parte de Cataluña, mientras Fraga no quedó definitivamente aragonesa hasta el siglo XIV. En cambio, las conquistas del Matarraña y Bajo AragónAlcañiz, Calaceite, Valderrobres, Beceite o Mirambel se incorporaron al reino de Aragón desde el primer momento.

Algunos indicios documentales —como la datación por el “año de la Era” en los primeros papeles de Tortosa, una práctica común en Aragón a mediados del XII— han llevado a sugerir una primera adscripción aragonesa de la ciudad. Pero los especialistas advierten de que ese argumento, por sí solo, no es concluyente. La realidad, más compleja, habla de poder compartido, títulos superpuestos y una administración en transición hasta que la Corona de Aragón —el entramado político surgido de la unión dinástica— consolidó marcos estables.

La historia de la conquista de Tortosa y Lérida recuerda que las fronteras medievales fueron procesos más que líneas: negociadas, pactadas, a veces ambiguas. Y que las identidades locales nacieron también del cruce: mercaderes genoveses, marineros pisanos, caballeros normandos y repobladores del Ebro. Mucho antes de que los mapas se colorearan en firme, la política y la guerra las habían dejado escritas a lápiz.

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