Análisis | De hacer presidentes a pelear por existir: el PAR y el vértigo del 8-F
El Partido Aragonés encara las elecciones autonómicas del 8 de febrero como nunca antes lo había hecho en su historia: al borde de la desaparición institucional. No es una hipérbole ni una exageración periodística.
Es una conclusión fría, casi matemática, a partir de las encuestas electorales publicadas, del contexto político con una polarización al alza y de la propia decisión estratégica que ha tomado el partido: concurrir en solitario, sin alianzas, con un candidato sin peso electoral y en un escenario donde el aragonesismo que durante décadas monopolizó ha sido ocupado por otros.
El PAR fue durante más de cuarenta años el partido bisagra por excelencia en Aragón. Decidió gobiernos, condicionó presupuestos, gobernó la comunidad y fue imprescindible para entender la política autonómica. Hoy, sin embargo, se enfrenta a algo mucho más básico: seguir existiendo en las Cortes de Aragón.
Ir en solitario: un relato potente… sin votos suficientes
La decisión anunciada por Alberto Izquierdo —ir en solitario, “sin que nadie decida en Madrid”, reivindicando la Aljafería como “la Casa de la Palabra”— es sutil desde el punto de vista narrativo. El mensaje conecta con una parte del ADN histórico del PAR: aragonesismo, autonomía política, rechazo a la tutela estatal. El problema es que los relatos no dan escaños si no van acompañados de músculo electoral. Y hoy el PAR carece de él.
Durante años, el partido vivió de ser necesario. Cuando dejó de serlo, no supo reinventarse. Su espacio político fue ocupado progresivamente por el PP en clave de gestión territorial y, sobre todo, por Teruel Existe, que entendió antes que nadie que el aragonesismo ya no se vota como identidad abstracta, sino como agravio concreto.
Teruel: el último feudo… ya no lo es
El propio Izquierdo ha reconocido implícitamente dónde se juega la supervivencia del PAR: Teruel. Por eso encabezará esa lista. Pero Teruel ya no es territorio neutral. Allí, el relato está copado.
Por un lado, el PP ha consolidado su hegemonía institucional. Por otro, Teruel Existe ha convertido la despoblación y el abandono histórico en marca política propia, desplazando al PAR de su antiguo papel de intermediario. Donde antes el Partido Aragonés negociaba, hoy otros imponen agenda.
En ese contexto, pensar que el PAR puede recuperar protagonismo “casa por casa” es más un acto de fe que una estrategia ganadora. El voto útil, en una elección anticipada y polarizada, no va a mirar atrás.
Un candidato sin tracción electoral
A todo ello se suma un factor determinante: el candidato. Alberto Izquierdo no es un rostro reconocible para la mayoría de la ciudadanía aragonesa. No tiene liderazgo regional, no arrastra voto propio y no representa una renovación ilusionante. Tampoco encarna la memoria gloriosa del PAR. Queda, por tanto, en tierra de nadie.
En política, la visibilidad no lo es todo, pero la invisibilidad lo es casi todo. Y el PAR llega a estas elecciones sin un candidato que active emociones, ni positivas ni negativas. Simplemente, no activa.
El error estratégico: no pactar cuando no se puede ganar
El PAR ha reconocido que habló con “muchos partidos”, pero que no encontró “compañero de viaje”. La realidad es más dura: nadie necesitaba al PAR. Y ese es el síntoma definitivo de su decadencia.
Cuando un partido deja de ser decisivo, debe elegir: fusionarse, reinventarse o desaparecer. El PAR ha optado por una cuarta vía, la más arriesgada: resistir en solitario sin fuerza suficiente. No es valentía. Es negación.
La apelación a luchar contra “los extremos”, a señalar a Vox o a cargar contra Santiago Abascal puede funcionar como discurso, pero no como palanca electoral cuando tu espacio ya ha sido colonizado.
De partido clave a recuerdo político
El drama del Partido Aragonés no es solo electoral. Es histórico. El PAR fue columna vertebral del autogobierno aragonés. Gobernó, influyó, moderó, negoció. Hoy, sin embargo, es un partido sin centralidad, sin aliados y sin relevancia.
Salvo un milagro —y no hay indicios demoscópicos ni políticos de que vaya a producirse— el 8 de febrero marcará el final del PAR en las Cortes de Aragón. No será una derrota más. Será una extinción parlamentaria.
Y con ella desaparecerá algo más que unas siglas: se cerrará definitivamente una etapa de la política aragonesa en la que el centro territorial tenía voz propia.
El PAR ha elegido morir defendiendo su relato. Pero la política, como la historia, no recuerda a quienes tuvieron razón moral, sino a quienes supieron adaptarse a tiempo.





